A través de la ventana ajena

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Mi ciudad está diseñada de tal manera que todos podemos vernos a través de nuestras ventanas, unos mirando pa’ arriba y otros haciéndolo pa’ abajo.

Ciudad enorme en tamaño pero pequeña en su provincianismo, todos queremos estar al pendiente de todos. En Xalapa se practica el voyeurismo sin fines de índole sexual —o bueno, sí, pero poquito—, por eso cuando la Secretaria de Seguridad Pública instauró su programa de Vecino Vigilante muchos nomás se rieron porque eso es algo que aquí existe desde tiempos inmemoriales. Todos tenemos una vecina, o vecino, o vecinos, que siempre están al pendiente de todos los que habitan a su alrededor, saben vida y obras de fulanito, las querencias de menganito, los desvaríos de sutanita y hasta las preferencias hormonales que alguno ni sabía que tenía.

Y permítaseme parafrasear al poeta: ¿Quién que es, no es fisgón? Todos en algún momento hemos querido saber qué pasa detrás de las cortinas que ocultan intimidades proscritas al conocimiento público. ¿Cómo es que se ve la vecina sin tacones?, ¿el vecino del peluquín se lo quitará para andar en casa?, ¿esa chica que no pisa el suelo cuando camina, arrastrará su humanidad por las baldosas de su piso o conservará la etereidad aun entre las paredes que la cobijan?, ¿la ropa estará tirada en los pisos o acomodad en correctos cajones?, ¿cómo se ven los vecinos despojados de esa hálito diplomático con el que todos salimos a la calle?

No pocas veces, unas por casualidad otras por ser invitados a hacerlo, traspasamos la frontera que las cortinas que nos limitan; mundos impensados, entonces, se muestran ante nuestros ojos con la crudeza que nos da una disección anatómica. Descubrimos muebles manchados con los humores de sus dueños; muchas cosas, que sólo significan belleza o cariño para quien las posee, nos espetan su importancia según estén colocadas; vemos paredes escurridas, o limpias como quirófano, que nos hablan de las costumbres sanitarias del casual o consciente anfitrión y hasta perros y gatos nos dicen de la animalidad de quien los alimenta, los maltrata o los acaricia.

Pero un vistazo fugaz no siempre sacia la insana curiosidad de ver la otredad viviendo en su  hábitat natural, a veces es necesaria una segunda visita, otro asomo a esos mundos ajenos para, mediante su análisis, entender el propio.

En Xalapa hace mucho que las puertas, provincianamente siempre abiertas, se cerraron para ocultar, con el pretexto de la seguridad, lo que acontece detrás de ellas. En algunas casonas del centro aún hay ventanas largas hasta el piso que dejan ver los terrarios humanos que son las casas ajenas por dentro. Y en ese descubrir la vida interna que late de la calle para adentro, si uno es un fisgón avezado, podrá escuchar conversaciones entrecortadas, oler aromas ajenos, ver luces que vibran en otras frecuencias, oír siseos, crujir de pasos o vernos agredidos con sonidos groseros de radios o televisores a todo volumen.

Y es que eso de que cada cabeza es un mundo es un axioma innegable hasta que uno atisba por una ventana ajena; entonces uno se da cuenta que la gran verdad es que cada casa es un mundo, una naturaleza distinta con su propio ecosistema, con su propio orden, o desorden —y aún en él, orden para alguien al fin—, con su propia cadena alimenticia; habitado por una sociedad con sus guerras intestinas y sus treguas, y sus batallas civiles y sus conflictos diplomáticos; con sus luchas territoriales, con sus golpes de Estado, con sus propios problemas políticos y hasta con muertos de cuando en cuando que, contario a todo lo demás que pasa adentro, sí salen a la calle y, muchas veces, son la llave que abre la puerta a los otros, a los que siempre han querido saber cómo era la vida del que la acaba de perder, y que ya sólo es posible conocer, a motu proprio, por el desteñimiento de los tapetes, por el desgaste de sus pasos sobre los mosaicos o por el olor que cada quien impregna en lo que toca o lo que ve.

Las ventanas ajenas son un portal a un mundo desconocido, sin embargo, hay algo peor que esa insana curiosidad de querer saber qué sucede detrás de ellas, y eso es el hecho, terrible, de que desde alguna de todas las que miran hacia las nuestras hay alguien queriendo, deseando de una manera enfermiza, mirar lo que pasa detrás de las cortinas que nosotros mismos hemos puesto para evitarlo.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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