Abel y Caín

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El polvo era una nata que lo cubría todo: las máquinas oxidadas, que habían servido para quién sabe qué cosa; los tablones apolillados y la basura, tan antiguos como el polvo mismo. En medio de esa bodega, olvidada como el tiempo al que pertenecía, había dos hombres. Uno era el espejo resquebrajado del otro.

Con la madera abandonada que aun no acusaba la voracidad de la polilla, uno armaba un marco de unos tres metros de alto por dos de ancho; los clavos que usaba eran nuevos, el rencor con que los clavaba era arcaico, bíblico. El otro, tirado en un rincón, sólo lo veía; sus pantalones, mojados con sus propios orines, sus ojos incrédulos y sus chillidos, que se ahogaban en el pañuelo sucio que le amordazaba, resultaban tan lastimeros como sus muñecas, ensangrentadas y amarradas detrás de su espalda.

En el piso, cerca de él, trazadas sobre el polvo había cinco líneas; arriba de tres de ellas, una encima de cada una, había unas letras escritas: M, A y R; a un lado, y no muy bien dibujado, se podía ver algo parecido a un plano o croquis de lo que el primero construía, apenas unas líneas como las que hacen los niños. De cuando en cuando éste volteaba a ver al amarrado; él, con gemidos y con los ojos, le pedía que lo soltara. Sin mostrar más intenciones que las de acabar la tarea que realizaba, el que trabajaba lo ignoraba. A ratos sacaba su pañuelo para secarse un sudor viscoso, que no era fruto ni del trabajo ni del clima. Afuera, la última ventisca del otoño silbaba entre los árboles.

Vamos, trata de adivinar —dijo el constructor, deteniendo momentáneamente su labor y dirigiéndose al bulto humano—, ¿cuál sigue?

El amarrado se agitó en el piso —tenía una pierna quebrada— y barbulló un ruido sordo. El eco del galerón lo hizo sonar como los rezos de los condenados en las capillas de las cárceles antes de su ejecución.

¡No! ¡Esa no es —gritó el que preguntaba—, es I… la letra es I!

Después caminó hasta las líneas dibujadas en el piso, enseguida de la que tenía la R trazó la I, en el croquis dibujó dos líneas paralelas en la base e inmediatamente regresó a donde estaba el marco de madera, le colocó dos leños a manera de patas y los clavó, luego, levantó el armatoste trabajosamente. Parecía una portería de futbol. Lo empujó de un lado y de otro para comprobar su resistencia, brincó y se colgó del travesaño superior. El trebejo aguantó perfectamente su peso.

Esta es tu última oportunidad —dijo, caminando hasta las líneas otra vez— ¿Cuál sigue?

El desdichado sólo lo miro y empezó a llorar de un modo tristísimo. Un hilillo de orines salió de debajo de él.

—Jamás pudiste ganarme… —continúo el otro— la última letra es A. La palabra es María. Como mi esposa… tu cuñada; bueno, no, como mi ex esposa… mi cuñada… tu amante hermanito, ¡María!

Lentamente caminó hasta él, le quitó la cuerda de las muñecas, hizo una gasa con ella y se la colocó en el cuello, después lo arrastró hasta ponerlo debajo del marco de madera y, sin más trámite, lo colgó. Cuando el infeliz dejó de estremecerse se dirigió a donde estaban los garabatos y dibujó la figurilla de un ahorcado. Luego, como quien ha cumplido su misión en la vida, se dejó caer en un rincón. Ahí, seis días después, lo encontró la policía.

El olor de los cadáveres era insoportable.

Hernán Dumás, marzo 2010


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