¡Al ladrón, al ladrón!

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(De la serie de entrevistas “Como mejor actor de reparto”)

Está seguro que es inmoral, que lo que hace no está bien, sin embargo, está tan inmerso en un mundo que se maneja bajo normas diferentes a las reglas morales, que lo que es bueno y lo que no lo es para él tan sólo es una ley de sobrevivencia que parece, ligeramente modificada, la de la selva: Sobrevive el más hábil, no siempre el más fuerte.

Juan, así, a secas, es carterista de oficio, se dedica a eso desde que tuvo la primera oportunidad de hacerlo, y parece que vive su vida sin vergüenzas propias ni penas ajenas. Tiene, según él, 28 años, aunque parece, por su extrema delgadez y aspecto descuidado, un adolescente de rasgos duros y semblante cínico.

Lograr la entrevista no fue fácil, dos horas estuve convenciéndolo, afuera del cuartucho de la vecindad donde vive, que yo no era “tira” —en su caló: policía—, que lo único que quería era treinta minutos de su tiempo, que no mencionaría su nombre completo, que no le sacaría fotos y que no tenía nada que ver con el encargado del archivo del juzgado que me dejó, por cincuenta pesos, ver el expediente donde le seguían un proceso judicial por robo.

Dice que nació en Alvarado Ver., que su padre tuvo una barcaza, que el mar los trataba bien, les daba lo suficiente para vivir y desde muy chico aprendió a pescar. Con los ojos brillantes me dice, poco convencido, que tuvo una infancia feliz. La mala fortuna hizo que su madre muriera pariendo a su sexto hermano, la congoja perdió a su padre en el alcohol y a todos se los acabó llevando la tristeza. Se salió de su casa a los doce años y anduvo vagando de aquí para allá, se ganó el sustento de mandadero y limpia parabrisas en el Puerto de Veracruz; ahí conoció a dos o tres personajes más vividos que él y, con ese magnetismo que tiene el dinero fácil, se enganchó en robos miserables de cosas puestas al descuido en tiendas y casas.

Lo más difícil es comenzar, lo demás es cuestión de acostumbrase a correr en el momento oportuno. Una de esas carreras lo trajo a Xalapa, le gustó el clima y la segura llegada de las quincenas de los burócratas.

Una vez que logré ganarme su confianza comenzó a contarme, con un cinismo infantil que nunca llegó a ser ofensivo, en qué consiste su “trabajo”. Muy pocas veces actúa solo; para hacer las cosas bien se necesitan malas compañías y él las tiene de sobra. Su campo de acción se encuentra principalmente en los camiones del servicio urbano, en las paradas de los mismos y en donde haya mucha gente. Él y sus “amigos” actúan como una manada de lobos, en equipo. Primero encuentran a la victima ideal, casi siempre mujeres con bolsos grandes, hombres mayores con ropa amplia y estorbosa, gente con apariencia de rancheros, etcétera. Se necesitan por lo menos dos “pantallas”, es decir dos cómplices que hagan una distracción, algo como una discusión o que empujen a la gente. Cuando la víctima se va con el curso de los acontecimientos, Juan interviene con rapidez. “En el desmadre que se arma ni cuenta se dan que me los peino” me dice con su ambigua sonrisilla; sólo es cuestión de práctica y ligereza de manos. Existe otro elemento en el equipo: “el picador”, éste es el que, en caso de verse descubiertos y mientras la victima discute, lo ataca por la espalda y lo pica con una navaja o un desarmador para facilitar la huida. Juan se queda callado un momento, como si recordara algo que no le gusta. No siempre él es quien esculca los bolsillos, a veces le toca ser el distractor y muy pocas es el picador.

¿Cuánto gana? No me quiso decir. “Se dice el milagro, pero no el santo”, se excusa y le grita a su mujer que nos traiga un poco de agua, el calor es fuerte y aunque no se la he pedido se da cuenta que la necesito. Bebemos como si nos conociéramos de hace tiempo, como si la conversación sobre su vida me hiciera digno de su amistad.

Tiene esposa y dos hijos. No me queda bien claro cuál es su expectativa de lo que debe ser una familia, pero me dice que casi todos los días sale a buscar el dinero para su manutención; ha estado procesado por robo menor un par de ocasiones y ya perdió la cuenta de las veces que lo han llevado al cuartel de San José. Casi nunca el robado interpone una denuncia formal y, al rato, el ministerio público lo tiene que soltar por la ausencia de la parte acusadora. Su esposa, mientras ha durado la entrevista, ha salido cien veces a ver qué es lo que estamos haciendo; claramente se ve que vive en el filo del sobresalto. Me quedo con muchas preguntas en el tintero; después de ver la naturalidad con que este individuo toma su “oficio”, no deseo meterme en discusiones acerca del bien y del mal. No quise preguntarle siquiera si le dan ganas de hacer otra cosa; me quedó claro que me diría que no.

Me despedí de él; eché a caminar despacio, sorteando cubetas y tendederos de tiliches rumbo a la salida. Estando en la calle, al pasar por una parada de camiones llena de gente, apreté inconscientemente la bolsa en donde llevaba mi cámara y mi grabadora.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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