Conociendo a mi diputado

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Mi ciudad vive ahora una gran efervescencia política, pues el domingo pasado dieron inicio las campañas electorales para diputados federales. En otras ocasiones, lo confieso, he sido un tanto indiferente a ellas, pero en esta ocasión me he propuesto una cosa que no he hecho en toda mi —poco fructífera— vida de votante: conocer escrupulosamente a mi diputado.

Hoy quiero saber todo de ese hombre o mujer, que velará por mis intereses, “incondicionalmente”, en la palestra legislativa nacional y que será depositario de mi valiosísimo voto.

Esto me plantea, de entrada, varias complicaciones. Dando por hecho que no elegiré sino al hombre, o mujer, ideal, y que los colores partidistas no me conmoverán como lo han hecho en algún pasado lejano, me queda un abanico de posibilidades amplísimo qué dilucidar, pues en la política es sabido que hay “caballada flaca” y que hay “caballo negro”, que “el que se mueve no sale en la foto”, que el que ahora parece el “bueno” mañana será el que menos figure y yo, empeñado como estoy en no llegar con los ojos cerrados a las urnas, deberé analizar todas las variantes esquemáticas para hacer una buena elección. Ya hecho todo eso sólo faltará un pequeño detallito: que el que yo escoja gane.

¿Por qué este apremio por conocer al que será mi representante? Pues porque he llegado a la conclusión de que si los mexicanos estamos jodidos es por nuestra apatía hacia la política. Ah, y también por las experiencias poco gratificantes con algunos de mis diputados en el pasado. Les doy uno o dos ejemplos.

En mi vida sólo he cruzado palabra con un diputado de mi distrito, éste era doctor y nuestro dialogo, cordialísimo por cierto, se desarrolló en los siguientes términos:

Compermisito, compermisito… voy por ahí. — Me dijo él.

Pase usted. — Le dije yo.

Luego, brincó encima de mis piernas, se acomodó en su asiento y durmió como un bendito hasta que el autobús, en el que ambos íbamos al DF, tocó terminal.

Tenía el sueño tan pesado que nunca hubo oportunidad de comentarle de los graves problemas sociales de nuestro distrito. Esto me dejó un resentimiento histórico, pues si observamos la situación, conviví cinco horas con mi diputado y lo único que le vi hacer fue dormir. Aunque tal vez, si hubiera presenciado su desempeño en la Cámara, también lo hubiera visto dormido pues nunca, en lo que duró en el cargo, “dio golpe”.

En otra ocasión fui a la comparecencia de un Secretario de Seguridad Pública —en una época de mujeres descuartizadas y envueltas en “maquinoffs” de policía—; ahí mis diputados locales de aquel entonces le cuestionaron “valientemente” su desempeño con preguntas perspicacísimas (que cualquier chamaco de primaria hubiera podido hacer). Uno inquirió, poniendo cara de que no creía lo que el compareciente informó minutos antes: Diga por qué asegura que encontrar señoras decapitadas, y en despoblado, no es una señal de que los índices delincuenciales están aumentando.

Si hubiera leído el párrafo veintisiete, del apartado catorce, del capítulo dos del informe que entregué hace quince días, lo sabría. Contestó secamente el aludido.

Gracias señor Secretario, me queda claro. Es cuanto, ciudadano presidente del Congreso. Y ahí se acabó el debate.

Estos recuerdos, ahora, me hacen recapitular en que si los mexicanos estamos jodidos no es por nuestro desinterés político, sino por escoger, cuando votamos, a gente que está tan preparada para representarnos como nosotros lo estamos para representarlos a ellos.

Así entonces, queda claro el porqué de mi interés en estas cuestiones. Lo sobresaliente será saber si esto, al pasar de los días, será útil para mí, para mi distrito o para el progreso de Xalapa.

   Alejandro Hernández Hdez.

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