¿Cuánto hace?

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Decisiones - xalapo.com

Hay decisiones que no pueden esperar

“Cuando llega el tiempo en que se podría,

ha pasado el tiempo en que se pudo”

Marie von Ebner-Eschenbach (1830-1916)

 Novelista austríaca


Si a Usted, amable leyente, yo le pidiera que recordara, no tomándose más de cinco segundos, qué ropa traía su esposa o esposo ayer ¿Se acordaría? Tal vez no ¿Verdad? Pero si en cambio le preguntara ¿Qué traía puesto la primera vez que salieron? Estoy casi seguro que lo recordaría con exactitud.

Grandpa Goes to Heaven - xalapo.com
Duane Michaels – Grandpa Goes to Heaven (1989)

La diferencia en las respuestas es muy simple: en el momento de la primera vez, él o ella, le importaba más que ahora. Y no es que su amor, cariño, apego o lo que sea que sienta por esa persona, haya disminuido; sino que con el tiempo dejamos de apreciar los detalles y esas pequeñas cosas que nos sedujeron: el hoyuelo en su mejilla cuando se reía, cómo movía las manos cuando se rascaba la nariz, cómo se nos hacía un vacío en el estómago cuando oíamos su voz, etcétera. Y lo mismo no sucede con nuestros amigos, con nuestros hermanos, con nuestros hijos, con nuestros padres y con los abuelos.

De repente el viejo optimista que nos hacía reír cuando éramos niños, se convirtió en un señor un poquito necio, un tanto achacoso; hasta dejó de caminar y ya no pudo alzarnos “¡Hasta las nubes… abuelo… hasta las nubes…!”

Nuestro héroe que lo podía todo, que lo sabía todo y que tenía todo el dinero del mundo —hasta “domingo” nos daba— se volvió sistemático, autoritario y empezó a pedir cuentas de nuestras salidas y amistades; según que porque esa es la obligación de un padre. Y nuestra madre se puso insufrible; que quién es ése vago, que por qué apenas, que a dónde vas tan tarde e incluso, llegó a prohibirnos fumar.

Nuestra esposa subió de peso, perdió los peines y se instaló encima de unas chanclas para siempre. Su esposo —si es el caso—, un buen día decidió no parar de comer hasta que la panza le llegara a las rodillas y se volvió, además, celoso, malhumorado y exigente. Y los niños ¡Ay los niños! Crecieron en un dos por tres y empezaron a tomar decisiones —equivocadas— por sí mismos; se hicieron novias de un patán, o novios de una niña sangronsísima que, quién sabe por qué no nos acaba de caer; uno dejó la escuela, según que porque su camino es el arte; se colgó una guitarra a la espalda y no hace parada en la casa; la otra no quiere ser maestra, o enfermera, abogada, madre abnegada o lo que sea que usted es, “…porque de seguro su madre le da vergüenza”. Si bien se lo dijo a usted su propia madre en su momento, cuando usted blasfemó en contra de la docencia, la enfermería, la abogacía y la abnegación materna: “¡Algún día tendrás hijos y te vas a acordar de mí!”.

Pero… ¿De quién es la maldita culpa? Yo se lo voy a decir, hace unos días lo descubrí —dolorosamente, además, porque ahora ya no puedo remediar nada—, la culpa es de usted, nada más de usted; o de mí, en mi caso; o del vecino en el caso de él. ¿Y sabe por qué? Por confiados, por indolentes y por léperos, además.

Cuánto tiempo hace que a ese abuelo, adolorido por tantos años encima como es que lleva, no le dice que lo quiere y que está orgulloso de ser su nieto. Él se ha vuelto un amargado porque desde hace mucho nadie lo abraza fuerte y le dice: “¡Te quiero abuelo!”.

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Fotografia de Duane Michaels

Si su mujer no se quita esas chanclas nunca es porque usted ya no le dice que le gusta cómo camina cuando se pone tacones; si no se arregla el pelo es porque se ha cansado de esperar una ocasión especial para hacerlo. Una muy especial; como aquella vez que caminaron juntos —y no iban a ninguna parte, sólo caminaban— por la estrecha banqueta, de alguna calle de estas que Xalapa tiene y usted, la vio tan bonita que le robó un beso.

Si su marido se ha dejado engordar, señora, es porque hace mucho que usted no lo ve con admiración, que ya no lo mira como si viera a Hércules reencarnado, que ya no se toma de su brazo y lo aprieta, discretamente admirada de sus fuertes bíceps; si se volvió celoso y mandón es porque en vez de decirle que el vestido nuevo —ese por el que pelearon la primera vez— era para agradarlo a él, le dejó creer cualquier otra cosa;  y porque prefirió darle por su lado y no discutir (o ponerse de acuerdo, como le quiera decir).

Y si sus hijos se han vuelto como son es porque usted tiene miedo de que crezcan, de que se equivoquen, de que se vuelvan responsables de sí mismos; porque usted está aterrorizado de que descubran el afecto, las caricias, la atracción por otro cuerpo, la divinidad del sexo y de que encuentren el amor y se vayan y lo dejen… como hizo usted con sus padres.

Hace cuánto que no se pone en los zapatos del que tiene enfrente y le dice, sin chantajes sentimentales, sin dobles intenciones y desinteresadamente: Te amo y te acepto como eres. Nada más como para que el otro le conteste, en igualdad de condiciones y sin que suene a rutina: Yo también.

¿No sería hoy, por ejemplo, un buen día para cambar de actitud? Sólo lo digo por si acaso mañana, por la mañana, ni usted, su esposa, esposo, hijos, abuelos o amigos  están en este mundo.

Créame, hay decisiones que no pueden esperar.

 

Alejandro Hernández Hdez.

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