Danos señor nuestra ensalada de cada día.

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Pollock, Jackson

Con sus prominentes barrigas iban caminando, con paso lento, aletargado, como si costara un gran trabajo decidir cuál pie seguía adelante.

Él, con sus escasos 39 años, Ella, unos más. Se amaban en secreto desde la secundaria pero nunca tuvieron el valor suficiente para decirlo. En su lugar lograron algo mucho más difícil. Han cultivado una amistad que trasciende todas las barreras, una confianza más grande que la que me tengo, una lealtad que nunca más he vuelto a ver, un amor que existe a pesar de todo…

Y un placer por la comida que me da miedo.

Yo los conocí por error, un día estaba regando las plantas que siempre se me mueren, cuando en un descuido, el agua se fue un poco más allá de la maceta y cayó en el cofre de su carro. Para este punto dedo decir que somos vecinos, ella, él, y yo. Cada quien su casa, que no se piense mal. Esto sucedió cuando estaban llegando del súper, lo cual era obvio por la cantidad de bolsas que iban sacando del auto.

Me sentí tan apenado que no pude evitar ofrecer mi ayuda para guardar lo que parecía despensa para semanas.

Fue ese día el que lo cambió todo.

Cuando hubimos terminado, me hicieron la amable invitación de comer con ellos, cosa que por nada del mundo dejaría pasar. Tenía mucho tiempo intrigado por aquella pareja.
Cual infante de 8 años, me dejaron a cargo de un simple agua de Jamaica, poner la mesa y limpiar algunas cosas. Pero cuando la comida estuvo lista, quedé sorprendido por la variedad y, sin palabras cuando vi que era día de ensaladas.

Sin más remedio me sumergí, gozoso pues nunca había tenido ante mí tan gloriosa escena. Yo, un humilde cocinero de quesadillas, sopa de pasta y huevo hervido fui introducido a un nuevo universo de colores, texturas, sabores y sobre todo frescura. Lo mejor fue al final, pues no recuerdo haberme sentido tan bien después de comer tanto.

La velada terminó con algo de té verde y dos nuevas amistades. Me despedí satisfecho y agradecido con aquellos dos amables seres.

Pero lo que nunca llegó a su fin fue esa nueva mirada de la vida, fue un despertar al más puro estilo de Robin Williams pero sin drogas y permanente. Desde entonces no puedo evitar las ensaladas, o debo decir que ellas parecen no poder alejarse de mí. Aquello que comenzara como una aventura se ha convertido en uno de los más serios compromisos de mi vida.

Triste es que en Xalapa no pueda uno salir con facilidad a comer buenas ensaladas, las veces que lo he hecho por iniciativa propia no he quedado muy satisfecho, y las recomendaciones de los amigos son sinceras aunque muchas veces se quedan cortas. Últimamente me traen azorado con un lugar en Enríquez, démosle el beneficio de la duda.

De cualquier manera, probablemente deberían haber conocido a ese par de gordos quienes ahora son crudi veganos crossfiteros (eso es otra historia), pero créame lector, lo invito a probar una nueva vida, o debería decir a probar una vía directa con la vida.

No soy vegetariano ni predico la palabra de san brócoli pero inténtelo por lo menos una vez a la semana.

Le alegrará el paladar y el colon.

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