De cartón piedra

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(Cuento sobre maniquíes)

…De cartón piedra,

que de San Esteban a Navidades

entre saldos y novedades;

hacía más tierna mi acera…”

“De cartón piedra” Joan Manuel Serrat


Ella venía un día sí, otros cinco no, a verme; nunca tuve una admiradora tan fiel y… tan bonita.

Nunca cruzamos palabra… jamás me dijo nada que no fuera un suspiro, que no oí nunca pero que siempre vi brotar de sus ojos negros.maniquíes - xalapo.com

Alguna vez traspasó la puerta de cristal que separaba la calle de mí y aunque así no podía ver su cara, sí sentía su mirada que recorría mi espalda, mi ropa y mi duro trasero; nunca me sentí tan complacido. Después, cuando algún dependiente se le acercaba, se iba discretamente caminando al departamento de damas sin voltear la cabeza, sino hasta dar la vuelta por el botadero de remates.

Desgraciadamente nunca se me dieron los cambios y mi cara de galán de los ochentas —con mi pelo blanco, mi piel blanca y mis uñas blancas— envejeció antes que me salieran arrugas. Diez temporadas Primavera-Verano y otras tantas, Otoño-Invierno, fui el centro de atracción y blanco de sus miradas.

Después llegaron otros a sustituirme. Espigados unos, atléticos otros y varios ¡Sin cabeza!

¡Qué tontería! Cómo convidar a alguien a usar un atuendo si no puedes ver en su cara si se siente bien con lo que trae puesto.

Ella nunca desistió de sus visitas, ni siquiera cuando estuve en el departamento de saldos de temporada, ni cuando lucí esos abrigos de poliéster barato y ni cuando porté —con garbo, aún en la desgracia— unos pantaloncillos cortos con flores hawaianas y una camisetita sisada que dejaba ver ya, en mis hombros, el acuse de tanto cambio de ropa.

¡Eso es amor! Me dije a mí mismo cuando la vi, ya no tan rozagante ni tan discreta, mirándome —como siempre— por detrás.

Hoy me he enterado que entre los saldos de inventario estoy incluido y que ella — ¡Bendito sea Dios!— Me ha comprado.

Aunque mientras vamos hacia su casa, yo amontonado en el asiento de atrás de su auto junto con dos niños de la temporada pasada y cuatro bustos —¡Qué pena!— del departamento de lencería, algo de lo que dice me empieza a inquietar.

— ¿Qué crees? Me vendieron varios… sí… también el grandote que siempre quise… ¡Hombre!… nos va ir muy bien, esos maniquíes viejos traen una armazón de puro bronce… sí… imagínate… están pagando a ciento veinte pesos el kilo… y me los dieron casi regalados… alista el martillo. Te veo en casa, besos.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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