¿De quién son las calles?

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Mi ciudad es un despeñadero de casas desde un cerroque se enseñorea sobre lomas y barrancas; un racimo de callejuelas que se desgranó en calzadas de piedra, que luego se volvieron calles de asfalto, cemento y hormigón; que después se llenaron de autos y acabaron, tributando así, sus loas a la modernidad, al progreso y al estrés.

Y hablando de calles, similares y anexas, me viene aparejada una reflexión (y con esto caigo en cuenta que últimamente he andado muy reflexivo, lo cual me recuerda que ya debo de estar entrando en una asentada etapa de madurez, lo que a su vez me trae otras reflexiones, que me remiten a exámenes de próstata, pruebas de esfuerzo, revisión de niveles de colesterol, triglicéridos y tantas otras cosas que trae consigo el llegar a la interesante edad de los cuarenta, y más, como dicen los de los programas sociales para viejitos.) Perdón, divagaba más que reflexionar; decía, o trataba de disertar más bien dicho, de las calles, y al mismo tiempo que este tonto soliloquio recién escrito, me asaltaba también la pregunta que da título a este artículo: ¿De quién (o quienes) son las calles? Pues de todos, dirán ustedes. Pues no es cierto, al menos en la práctica no es verdad.

¿Qué cómo concluyo esta casi sentencia? Pues del siguiente modo, pero antes un poco de cultura general; dice la Constitución que todos los ciudadanos podemos transitar, cambiar de residencia libremente, sin salvoconductos ni permisos, por nuestro territorio; tanto y más, por la calle. Bueno, pues la autonomía que usted y yo tenemos de circular soberanamente nos la viene a fastidiar un montón de gente que maneja automóviles a mas de ochenta kilómetros por hora y que nunca, ni por equivocación, se van a detener para que atravesemos por una calle que, se presume, es de todos los mexicanos, anden en auto o a pata.

Sigamos con otro ejemplo de mi diatriba. Suponga que lo invita un compadre a una reunión, que el ágape es en su casa (de su compadre), que la fiesta se pone de ambiente, que vienen las evocaciones de tiempos ya idos, que el tequila hace sus estragos y por lo mismo, es de los últimos en salir de la residencia y que el barrio sede del evento, llámese Colonia Ampliación del Tanque, que de día parecía muy pintoresco, de noche es una verdadera boca de lobo en donde nunca se pensaría que haya circulado alguna vez un taxi. Pues bien, con el corazón en la boca y el Jesús en la mano, o al revés, echa a andar tratando de llegar a la civilización; en el camino se encuentra con un grupo de amables nativos que, apersonados en los “Panchitos powers”, le piden, navaja en mano, una cordial cooperación para adquirir cervezas; con la indignación y la inconsciente valentía, propias de un borracho, usted se niega y todavía se atreve a preguntarles: ¿Y yo por qué les tengo que dar dinero bola de vagos?, a lo que ellos responderán con todo el chipo lleno de razón: pues porque estás en nuestro territorio, buey. Verdad más clara nunca habrá de oír, sobre todo si es argumentada con “chacos”, navajas, cadenas y armas grises (o sea, chicas piedrotas). Entonces, ¿qué, no que las calles son de todos?

¿Otro ejemplo? Ahí le va. Sucede que en un municipio serrano, llamémosle San Pedro el de en medio (es que el grande o el chico ya están choteadísimos) un candidato a presidente municipal, andando en campaña promete hacer un puente; gana la elección, se corrompe de poder, y ya pudiendo se tranza el presupuesto del puente y no hace ni maíz paloma. Ante el engaño, las fuerzas vivas (y uno que otro medio menso) del pueblo  se dejan venir, en son de protesta y todos en bola, a la capital y se plantan en medio de la calle real, o sea la avenida Enríquez. Ahí tenemos entonces que nuevamente la calle ya no es de todos, pues los inconformes ya nos fastidiaron el día con su manifestación. Lo mismo ocurre con los vendedores ambulantes, fijos y semifijos (con este sufijo, de fijo, los llama la ley de Comercio Municipal), y también con los filarmónicos de la marimba “Nandayapa”, que aunque estos últimos están a un pasito de ser arte, de todos modos hay que bajarse al arroyo vial para poder pasar por donde ellos se instalan. De la misma manera, las calles se vuelven de los que apoyan a algún candidato en temporada de elecciones, o de los que están en contra de él; de los que organizan carreras pedestres, ciclistas, guadalupanas o del centenario; de los limosneros, tragafuegos, limpiaparabrisas y socorristas pedigüeños de la Cruz Ámbar, o Verde o Azul; de los súbditos de reinas de la primavera, del estudiante, de la feria y de los Leones (los Rotarios no salen a las calles, creo).

Así entonces, vemos que las calles son de todos menos de los ciudadanos solitarios y desprotegidos, pues cualquiera, con cualquier pretexto, puede tomar, cerrar o sitiar alguna. Ante tales hechos, inconforme por los bloqueos y el descarado pisoteo de mis derechos que cualquier hijo de vecino hace, he decidido tomar, en solitario, la avenida Enríquez el próximo sábado a las cuatro de la tarde (después de comer y eso si no hay antorchistas acampando. Les aviso para que tomen sus precauciones y vean que no todos los ocupantes de calles somos desconsiderados y groseros. Aunque, por si las recochinas moscas llegara yo a sufrir la intolerancia de la autoridad, les encargo unos Marlboros rojos, pues en una de esas puede que vaya a disfrutar de un sabadazo social en el San José Resort.

          Alejandro Hernández y Hernández

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