Debajo de la cama

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Mi ciudad está llena de gente que no puede dormir. Los insomnes a veces leen, a veces nomás dan de vueltas y otras se ponen a ver la televisión. El otro día que no podía dormir por estar pensando en qué iba a ocupar lo de la tanda que ya me iba a tocar, prendí la tele y descubrí que he estado perdiendo miserablemente el tiempo en gimnasios y corriendo en el cerro de Macuiltepetl casi toda mi vida, porque existen aparatos que, según sus creadores, con sólo usarlos cinco minutos cada tercer día le dejan a uno un cuerpo de campeonato. Y sin sudar.

Y aunque eso me asombró bastante no fue lo que más me llamó la atención, sino el hecho de que todos, por grandes, largos, estorbosos e inútiles que parezcan, caben debajo de la cama.

Reflexionando en que todo parece caber debajo de la cama sabiéndolo acomodar, descubrí que la puerta a la cuarta dimensión está debajo de ella; no de la mía, de la de cada quien. Es decir, si una máxima de la física dice que “dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo”, ¿cómo es que cualquier cosa —incluyendo los aparatos caseros para ejercitarse— cabe debajo de la cama?

Esta aseveración tiene fundamentos históricos que se pierden, no en la noche de los tiempos sino en la oscuridad de las creencias populares, pues debajo de nuestro lecho, dicen, pueden concurrir los muertos con los que no saldamos cuentas y que, ya en el otro mundo, se sienten con la libertad de jalarnos los pies cualquier noche que se les antoje. De allí que haya muchos que prefieran dormir en posición fetal y no con las piernas estiradas. También se cree que pueden usar esa puerta dimensional los duendes o chaneques, que traviesos esperarán que no haya nadie para bajar a los niños de sus camas nomás para hacerles la vida de cuadritos a sus madres; sin embargo, esa creencia parece más una concepción vengativa de los antiguos mexicanos en contra de los españoles, pues ellos sí usaban camas y nuestros antepasados nomás petates, debajo de los cuales sólo podrían existir, si acaso, algún alacrán u otra alimaña aplastada por los movimientos, concupiscentes a veces, de los que durmieran en él.

Otro ser que, maldita sea la hora, puede estar debajo de la cama —algo que no se le desea ni al peor enemigo— es el “sancho”. Ese individuo se mueve en la sutil frontera de la realidad y la metafísica; porque nadie se explica que quepa debajo de cualquier cama, por bajita que ésta sea, que nunca se sepa a qué horas se sale y, mucho menos, cómo se puede aguantar la risa —el muy desgraciado— cuando el dueño legítimo del lecho descansa con la cándida placidez de los incautos.

Caben también debajo de la cama las chanclas, los tenis, y los zapatos que más usamos; las cajas de los juguetes de los niños, las revistas de mujeres desnudas del señor de la casa (que aún conserva púberes lubricidades) y los condones usados del soltero que nunca limpia debajo de ella. Caben las bolsas de comida chatarra de la hija adolescente, el polvo, la pelusa y los ácaros acumulados durante muchos días de descuido, por parte de la “chacha” de la casa y, en enero, en alcobas de padres de familias tradicionalistas los regalos para el Día de Reyes. Hay, también, lugar para las bolsas selladas conteniendo las cobijas del invierno, la ropa vieja que se va a regalar o el cajón de herramientas que nunca se usa; para las cajas de cartón con el arbolito artificial de navidad, para las esferas y las series de foquitos que, cuando se sacan —un año después— ya ni prenden. Hasta el par perdido de los calcetines que nunca pudimos encontrar o el costurero de la abuela, muerta hace años, aparecerán alguna vez debajo de la cama cuando ésta sea removida.

Los más aprensivos —y psicóticos— tendrán un bate, un machete o una carabina “por si las moscas”; los beodos de buró, una “pachita” por si el frío de la madrugada; los avaros sus ahorros de toda la vida y, así por el estilo, un universo inconmensurable de cosas que lo mismo pertenecen al reino físico que al inanimado o al espiritual.

Antes de quedarme dormido alcancé a preguntarme: ¿en qué momento de la historia de la humanidad tantas cosas pasaron a ocupar el espacio, único y reservado, de la democrática, servicial y hoy caída en desuso, bacinica?

 

Alejandro Hernández y Hernández

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