¿Deseamos lo que deseamos?

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Cómo vivir en Xalapa

¿Deseamos lo que deseamos?

Por Alejandro Hernández



Mi ciudad, como todas las del país —y las del mundo— es un escaparate de apetitos inducidos. Lúbricos deseos que seducen la mirada, el cerebro, pero que no nos pertenecen; no al menos en su génesis primitivo. ¿A qué me refiero? A la industria del deseo que se ha apoderado de nuestras calles y que se ha introducido subrepticiamente en nuestras casas vía las revistas que compramos, los periódicos que leemos, la televisión que nos hipnotiza y el Internet que nos ofrece todo, hasta lo que no necesitamos.

Todos nos hemos vuelto hedonistas frustrados. Vemos, deseamos, pero no nos satisfacemos con lo que vemos porque el perverso ingenio de quien nos manipula ha encontrado, en las imágenes con que nos atrae, la zanahoria perfecta que seguimos y seguimos sin darnos cuenta que tiramos un carromato lleno de anhelos incumplidos.

El sexo vende, eso lo saben quienes hasta para ofrecer un litro de leche nos brindan visiones angélicas de mujeres y hombres con un ideal de belleza que nuestros genes, de razas precolombinas y medio europeas, por más que se esfuerzan en conseguir nomás no nos alcanzan para parecernos a esa flaca de posaderas y senos turgentes o a ese hercúleo mancebo, que sostienen un producto que, si bien no promete dejarnos como ellos, compraremos creyendo que sí lo hará.

Lo que deseamos - xalapo.comMalo es que nos digan qué desear, pero perverso es que ese deseo nunca se satisfaga. Es decir, las imágenes que vemos de hombres y mujeres en los medios de comunicación y publicitarios no han surgido de nuestra imaginación o nuestros ideales, las han construido otros. Son deseos espurios, infiltrados en nuestro subconsciente para manipularnos hacia un ideal inalcanzable y retorcido que nunca se alcanza porque siempre, detrás de uno, viene otro, más apetitoso, más deseable.

Muchas personas ya ni siquiera pueden distinguir sus propios gustos de los gustos influenciados por la mercadotecnia. Miles de mujeres quieren tener senos grandes y la industria del agrandamiento mamario —mal llamado medicina estética— está en boga aun y cuando la situación económica no es todo lo buena que quisiéramos. Las liposucciones se han convertido en bienes de primera necesidad y las quinceañeras ya no quieren fiesta, ni viaje ni auto, quieren senos enhiestos, artificialmente turgentes y plásticos.

Las cuarentonas —las clasemedieras y las pudientes— ya no fruncen el seño, no porque vivan sin estrés y contentas, sino porque el botox las ha vuelto facialmente impávidas. Y los esposos, queriendo satisfacer aspiraciones malsanas —las de sus mujeres y las de ellos mismos— pagan los hilos rusos, la mesoterapia, los tratamientos adelgazantes, el levantamiento de pompis y de todo lo que se haya caído en el cumplimiento de su deber, con tal de verlas resurgir de entre sus carnes caídas y sus arrugas. Y lo hacen no tanto porque sus esposas lo deseen —que bien que lo desean—, sino porque lo de hoy es tener una mujer que no envejezca y que confirme el estatus social que se basa en la máxima que dice: no hay mujer fea —o vieja— sino marido pobre.

Lo terrible es que tanto deseo inoculado en el subconsciente colectivo no tiene satisfacción nunca, la mercadotecnia induce al deseo pero nunca lo satisface, creando una especie de tortura con goces inalcanzables. La industria del deseo, entonces, es una quimera que promete la felicidad pero nunca la da. Es, válgaseme aquí usar una expresión bastante española, como una mujer “calienta pollas”: es coquetea, se viste provocativamente, acepta los tragos que se le invitan, se deja toquetear un poco incluso, pero jamás se va a la cama con uno. Deseo y frustración es la clave para malvivir en este mundo invadido por el marketing.

Y no hablo de los anhelos carnales exclusivamente, sino de todo lo que ahora, como sociedad, nos sucede. La gente vive deseando cosas sin un fundamento válido, va por la vida anhelando la satisfacción rápida al costo que sea y creyendo que la felicidad se encuentra en objetos, en autos, en aparatos, o en ser de tal o cual modo. Hasta la espiritualidad se ha prostituido, pues mientras miles mueren de hambre o se debaten en la más espantosa de las miserias, los grandes jerarcas religiosos visten de oro y seda y se coronan solazándose en faraónicas ceremonias, mandando un mensaje a la feligresía de que lo importante es el lujo y la fatuidad y no la humildad del alma. El mecanismo perverso para compensar las frustraciones del deseo mercantilizado, manifiesta buena parte de las patologías sociales contemporáneas; la insatisfacción crónica exacerba la proclividad a los atracones de comida, a los actos violentos, a la acumulación de riquezas, a la avidez de poder y hasta el robar, secuestrar, extorsionar y hasta matar.

Desear por desear, tener por tener, poseer por poseer, ser de determinada manera o tener un imagen inducida por el mercantilismo y no de uno mismo, son los síntomas de nuestro tiempo. Estriba en cada uno de nosotros entender hasta dónde y qué tan lejos nos ha llevado esta loca carrera de desear lo que otros dicen que debemos desear y que, por más que deseamos, nunca nos da la felicidad.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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