Diga su majestad

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Fundamentalmente nuestra sociedad es una democracia, o al menos eso parece. Es decir, votamos y podemos ser votados; en consecuencia todos somos iguales ante los ojos del sistema.

Eso en teoría nada más, pues no es lo mismo ser un licenciado y andar alegre por unas copas (o sea: borracho) que ser un albañil borracho (o sea: andar alegre por unas copas), porque ni los de la policía que los vean por la calle, ni los meseros que los atiendan los verán con los mismos ojos. Y así como este ejemplo podemos encontrar otros muchos que comprueban que nuestra democracia sigue siendo, en realidad, un sistema de castas.

Les contaré algo que me ocurrió, como ejemplo para que me entiendan.

Llego un día a una ferretería y pido al dependiente —en este caso él es el súbdito— unas bisagras de doble acción; éste se me queda viendo, no me dice nada y camina hasta el encargado —éste sería como el primer ministro— y le dice lo que le dije y acaba la frase con una pregunta: ¿Verdad que “de´sas” no tenemos?

El “primer ministro” lo manda, sin hacerle caso y con autosuficiencia, a buscar a la bodega y se olvida del mundo, satisfecho de haber cumplido, conforme al procedimiento, con su deber.

Un cuarto de hora después el encargado no parece acordarse de lo que le pedí y no da muestras, tampoco, de echar de menos a su subalterno. En eso aparece el dueño, que de casualidad es mi conocido —en este caso él es el rey— y después de saludarme me pregunta que si ya me atienden; le explico lo que ha sucedido hasta ese momento y, dándome trato de embajador visitante, se dirige molesto al encargado diciéndole:

— ¡A ver tú, qué paso con lo que pidió el señor! —El encargado, dándose una palmada en la frente, ya olvidado de mí y de mis bisagras, le dice a su jefe:

—Es que “de´sas” no tenemos patrón.

En este punto yo caigo al suelo preso de una convulsión.

Hagamos una reflexión de lo que pasó. El rey confía plenamente en el encargado porque para eso le paga. Él, instaladazo en su papel de primer ministro, le carga la mano al dependiente porque para eso lo tiene. Al dependiente —base social del sistema— le vale sombrilla lo que pase o deje de pasar porque vender bisagras, o no venderlas, es lo que menos le importa con tal de cobrar su sueldo.

Este desparpajo es lo que tiene al país hundido en un hoyo.

Pero esto que sucedió en la ferretería es lo que sucede en todas partes. En una dependencia de gobierno el súbdito (empleado de ventanilla) le dice a un usuario —después de dos horas de hacer fila— que le falta una copia de un papel que es muy difícil que tenga, encuentre o llegue a obtener alguna vez (pago de diferencias fiduciarias con margen del 2%, por ejemplo). El usuario podrá escoger entre varias opciones: buscar el documento en un museo de lo insólito, en una librería de viejo o acudir con el segundón en la línea de mando.

Si opta por esto último, lo más probable es que el segundo no le resuelva nada (siempre sucede así; los segundos al mando sólo sirven para mantener el sistema burocrático en la estolidez en que se encuentra). Al verse obligado a acudir con el mero mero (o sea con el rey de la oficina) si es que lo encuentra y, después de sortear los obstáculos que esto conlleve, se resolverá cualquier problema. El de la ventanilla, ya con órdenes directas “de arriba”, se volverá la eficiencia personificada.

Claro que cuando esto ocurra, habrán pasado cinco días y su certificado de actualización de la diferencia fiduciaria habrá caducado y tendrá que empezar todo de nuevo.

El mismo sistema es regla general en bancos, escuelas, sindicatos y comercios. Todos sus engranajes (empleados, jefes y jefazos) van por la vida con el ánimo anodino de cumplir únicamente con el reloj checador o con sus propios intereses en el afán de conservar su estatus.

Por ejemplo: si se es diputado sólo bastará, los primeros años, acudir a levantar el dedo a la curul. Ya para terminar su periodo lo que se procurará será tapar cualquier huella de lo ahí acontecido y afianzar un puesto con base y prestaciones. Si se encontraran desfalcos u otro ilícito se culpara al personal administrativo, que para eso son la base de la pirámide social.

Si se es jefe de despacho sólo se tendrá que poner al personal a llenar hojas y hojas de informes interminables que hagan parecer que afiliar campesinos a un padrón, por ejemplo, es la tarea más difícil del mundo, cuando no, imposible.

Y si se es dependiente de una ferretería sólo convendrá, en caso de que se le pida buscar unas bisagras de doble acción, irse a hacer buey a la bodega hasta que el cliente se vaya… o se muera del coraje. Lo que ocurra primero.

  

Alejandro Hernández Hdez.

Comentarios o sugerencias: motardxal@gmail.com

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