EL AMOR SONROJA (FRAGMENTO)

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Luisa

La estás observando cómo atraviesa el patio de la universidad, cómo va saludando a sus amigas, al cretino ese del cuarto semestre, a una maestra que la ve de reojo maldiciendo sus caderas firmes y su pelo rubio; cómo esquiva con tanto arte las embestidas de los ojos de los que juegan futbol en la cancha y cómo te mira a lo lejos y alza su mano y te sonríe.

Tú, sonrojado hasta las orejas, estás clavado al piso viendo fascinado cómo navega —tan airosa— entre tanto pez muerto; cómo campea el temporal de miradas, de saludos, de sonrisillas celosas y no entiendes cómo no se ensucia sus zapatitos de tacón con tanta baba, tanta envidia y tanta labia.

Luisa es la chica más bonita de la escuela y tú vas a ayudarla con su tarea de álgebra. Entiendes, sin que te importe, que eso te convierte en un teto inofensivo. —No te hubiera escogido si no fuera así. Ella llega hasta el lugar de donde no te has movido, de donde te debiste haber largado cuando empezó a caminar hacia ti y de donde, desde luego, no pudiste porque te salieron raíces en los pies y te volviste un árbol; un sauce que emite murmullos sólo cuando el aire pasa a través de tus hojas.

Se ríe de tu seriedad —o de tu idiotez— y pone su mano en la tuya y se balancea en sus taconcitos suavemente, como el mar, como tus hojas de vegetal mudo y te dice, antes de irse flotando sobre la brisa del olor de sus cabellos, cosas que no entiendes: que si sabías que tu abuela y su abuelo bailan danzón en el mismo grupo; que qué bueno que se hayan conocido, que te verá al rato en su casa, a las cinco (cuando regrese de ir a dejar a su abuelo), como habían quedado y que qué guapo te ves cuando te sonrojas.

¿Un árbol se sonroja? —Te preguntas mientras la ves sonreír. Ella echa a caminar balanceándose en sus taconcitos y de pronto, como las bailarinas de las cajas de música, se da la vuelta en un solo pie y regresa a la sombra de tus ramas temblorosas y te da un beso en la mejilla. Luego se va, tan fresca, tan linda… tan… rubia.

El hechizo se rompe y tú dejas de ser un sauce temblón y te vuelves hombre otra vez; pero uno muy descuidado. Empiezas a caminar para atrás y te tropiezas con alguien; mientras caes te das cuenta que es el director que iba rumbo a su oficina. Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para ver el espectáculo: el viejo encima de un arbusto —como col de Bruselas—, tú, en el suelo, a su lado, y él diciéndote que el día del juicio ha llegado. El temporal de risas no desmerece la dulce sensación que quema tu mejilla y nada te importa. Verás a Luisa a las cinco. “Ya se puede caer el mundo con todos los directores que en él vivan.” —Piensas, mientras oyes al hombre-hortaliza que te grita quién sabe qué cosas. A lo lejos, doblando la esquina del salón de actos, alcanzas a ver el suave, acompasado —sutil—, etéreo, vuelo de la falda de Luisa.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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[alert type=alert-green ]Foto: Nirav Patel[/alert]

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