El Día de la Madre

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Dia de las madres - xalapo.com

El Día de la Madre es una fiesta nacional en México, no incluida en el calendario oficial pero sí enquistada en nuestra idiosincrasia. Los mexicanos tenemos “mamitis” y los vendedores de lavadoras lo saben. Habrá, creo yo, que deshacernos de esa exagerada comercialización para no darles a nuestras madres regalos que sólo les sirven para trabajar más, y habrá, también, que terminar con los festivales del Día de la Madre. Sólo así la patria no tendrá tantos hijos avergonzados de haber participado en uno de ellos; y no porque homenajear a las madres sea malo, sino porque uno hace en ellos cada papelón que para qué les cuento.

Mientras escribía lo anterior llegaron a mi mente infames recuerdos de mí mismo protagonizando, durante mi infancia, varios desfiguros en diferentes festivales del Día de la Madre. Cerré los ojos y me vi vestido de rumbero y sacándole los zapatos al de adelante en un bailable en la primaria. Me recordé cantando —si a gritar, como quien se acaba de machucar la mano con una puerta, se le puede llamar cantar— “El día que me quieras”, de Roberto Carlos. Me visualicé tocando —o haciendo como que tocaba— una guitarra de cartón con cuerdas de hilo en la orquesta sin tónica (que no sinfónica) “Viva el playback”, con tal pasión que la guitarra se me rompió. Me vi declamando, junto a otras cincuenta voces chillonas, una poesía cuyo final se me olvidó, por lo cual acabé haciendo nomás la finta de que declamaba porque mi madre me miraba arrobada de amor. Etcétera.

A esos recuerdos “díasmadrescos”, de mi fallido paso por las artes escénicas, se le agregaron los de los regalos que le hacía a mi madre y que quedaron incluidos en los anales de las artes manuales como una verdadera ofensa para aquellas clases conocidas en mis tiempos como “Labores artísticas”; y es que nunca, hasta que entré a la secundaria, fui bueno con las manos (imaginen lo que quieran aquí).

Hice una vez un tortillero de unicel con encaje, el cual mi madre tiró ante el temor de envenenar a toda la familia por tanto UHU —pegamento— que le puse adentro. Elaboré, en otra ocasión, un clásico entre los regalos para el diez de mayo: una alhajero de madera con pirograbado en la cubierta. Nunca lo usó; de tanto calor como fue que usé en su elaboración acabó siendo un tizón que le manchaba las manos cada vez que lo abría.

No faltaron los especieros con acabado tipo vitral —que no se podían lavar porque se les caía el “vitral”—, el alfiletero en forma de gallinita, el bordado de punto de cruz, con influencia de la academia surrealista alemana —era un bodegón, pero había que ponerle una gran atención para entender qué representaba—, el porta llaves en forma de llave, el rodillo de madera cortado por mitad para colgar los trapos de cocina y el portarretratos de abate lenguas, que apenas le quiso colocar una foto se desbarató.

Los regalos a motu propio que le di a mi progenitora, es decir, que no fueron encargados por ninguna maestra con iniciativa, fueron cosa aparte y, hoy lo reconozco, algunos con todo y que fueron por el Día de la Madre no tuvieron ídem. Casi todos fueron comprados en Casa Amezcua, que era como la Casa Ahued de los ochentas, en diferentes años y con diferentes y paupérrimos presupuestos estudiantiles e incluyeron: un juego de ollas de peltre azul petróleo con puntitos blancos, un juego de trastos pseudo “Tupperware” que no cerraban herméticamente —ni de ningún modo—; un juego de cubiertos Oneida, dos sartenes con teflón que una “chacha” talló y talló durante tres horas hasta que los dejó brillantes como la plata —cuando mi madre le preguntó por qué lo había hecho, dijo que porque los había visto muy cochambrosos—. Una lámpara de buró con la figura de un ángel cachetón y sin calzones, un juego de utensilios Ecko, una plancha de siete kilos —de esas que se les quitaba el cordón y que servía para castigarlo a uno cuando se portaba mal— y, el más estorboso  y Kirsch de todos: el cuadro de un Cristo que abría y cerraba los ojos si uno lo veía de diferentes ángulos.

Hoy, bajo la perspectiva del tiempo transcurrido, me doy cuenta de una cosa, no importaba cuán feo bailara, lo horrible que cantara, lo mal que pirograbara ni lo corriente de los regalos que le diera a mi madre, ella siempre los recibía como deben haber recibido los aztecas los espejos que les dio Cortés a cambio del oro que tenían: como lo más valioso que alguien pudiera recibir.

La magia del amor de madre radica en tener bien claro que, lo que cuenta no es el regalo sino la intención.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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