El instante decisivo

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Instante Decisivo - xalapo.com

El instante decisivo

 “El hombre que pretende verlo todo con claridad antes

de decidir nunca decide.”

Henry F. Amiel (1821-1881) Escritor suizo.


Levantarse de la cama por las mañanas, salir a trabajar o quedarse en casa, elegir la ropa que nos pondremos y hasta cruzar una calle o no hacerlo, son instantes decisivos. Decisivos y, de tan cotidianos, instantes menospreciados, cabe aclarar.

Uno nunca sabe cuándo una decisión podrá cambiar nuestras vidas. Optar por el café descafeinado al normal, puede ser la diferencia entre un infarto o un día locuaz y lleno de creatividad, según la persona de la que se trate. Elegir un calzón apretado o uno cómodo es tanto como elegir una carrera, ambas decisiones pueden cambiar el curso de nuestra existencia —o al menos de uno de nuestros días—  y no debería ser una más importante que la otra.

Two boys fighting
‘Two boys fighting’, 1935 . Leo O’Brien para The Daily Herald.

A lo que me refiero es que uno debería tomarse más tiempo en las pequeñas cosas que hacen las grandes diferencias. Una camisa y un pantalón, en el caso de los caballeros, o una blusa y una falda, en el de las damas, cumplen su función primitiva de vestirnos —para lo que sea que lo hagamos—, sin embargo, si decidimos combinarlos bien seguramente estaremos más presentables y, además de sentirnos mejor, crearemos un entorno de armonía a nuestro alrededor. Y no porque esa camisa o esa falda sean mágicas, sino porque el poder de decidir una u otra nos sitúa en un plano diferente, más armónico y más controlado por nosotros mismos. Igual pasa con todo eso que consideramos nimiedades, pues si lo vemos como un poder, estaremos asumiendo que nuestras decisiones pueden mejorar nuestra vida y, quizá, la de los que nos rodean —y digo quizá porque la decisión de ellos también cuenta—. Decidir es responsabilizarse de uno, elegir es un don de dioses dado a los hombres; escoger es, redundando, un elección voluntaria. Podemos, incluso, elegir ser felices. Escoger entre una vida de quejas e insatisfacciones o usar nuestro libre albedrio y elegir ser felices, o al menos intentarlo, es vivir con conciencia el instante decisivo y disfrutar nuestra dosis de divinidad.

Sí, ya lo sé, hay cosas que uno no puede controlar y que se le salen de las manos, sin embargo, hasta en esas circunstancias incontroladas uno puede escoger qué actitud asumir y tornarlas en experiencias positivas y de crecimiento personal. ¿Cuántas personas no conocemos a las que un evento les cambia la vida para siempre? Y no me refiero a cosas irremediables como morirse, por ejemplo, sino a cosas como la pérdida de objetos materiales, dinero u otras cosas que se pueden recuperar, sustituir o volver a comprar. Hay señoras infelices que añoran tiempos de abundancia y cuya frase favorita es “Cuando vivía mi padre —mi marido, mi hijo, etcétera— estábamos mejor…” o “Cuando estábamos en X lugar sí éramos felices…”; señores tristísimos que añoran un trabajo, un coche o un puesto político que ya no tienen y de cuya pérdida nunca se recuperan; y hasta niños jetones que crecen añorando un juguete, una bicicleta, etcétera, cuando la decisión de superar pérdidas, adaptarse y ser felices en el día a día es solamente de uno y de nadie más.

Yo tengo muy presente un instante decisivo en mi vida. Cursaba el primer año de secundaria y tenía un “amigo” que le gustaba practicar el “bullying” —en aquel entonces le llamábamos “castre”— con quien se dejara. A mí ya me traía de encargo hasta que un día decidí que eso tenía que terminar; acababa de leer, por cierto, esa frase célebre de “prefiero morir de pie y no vivir de rodillas” —siempre he sido proclive a apreciar ese tipo de expresiones grandilocuentes—. Sucede que entramos a clase y el susodicho empezó a tirarme de los cabellos —abundantes en mi cabeza en aquel entonces— desde el asiento de atrás. La maestra ya empezaba a pasar lista pero no me importó, me le abalancé al abusador y caímos ante la sorpresa de todos; ambos rodamos y rodamos por el piso y no paramos hasta llegar a la Dirección —no llegamos rodando, nos llevó la maestra—. Me castigaron pero no viví de rodillas, más bien de ladito, pues en la rodada me torcí el cuadril y así anduve como un mes y medio. El “gandallín”, por cierto, me agarró miedo desde entonces y me dejó de molestar. Ese instante de decisión cambió mi vida de estudiante, y mi apodo; pasé de ser el “gordo” a ser “el loco”.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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