El mejor verano de mi vida

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Verano - xalapo.com

El mejor verano de mi vida


Cuando Xalapa era de agua, es decir, cuando llovía a la menor provocación, o a veces sin ella, los veranos, para los que en aquel entonces éramos chamacos, eran larguísimas tardes de papalotes al aire que sin aviso acababan en un aguacero que, además de mojarnos la ropa, nos llenaba de risas el alma.

En unos de esos veranos la conocí, tenía doce años de edad, los ojos más limpios y más hondos que hubiera visto nunca; su cuerpecito estaba poseído por el alma de un pandillero y sus dientes eran tan fuertes que podía pelar una caña en segundos. Era un corsario en el cuerpo de una adolescente.

Si era bonita o no es algo que no puedo decir con objetividad porque a los once años uno no tiene esas “sabidurías”, sólo sé que olía diferente a todas las personas que conocía, mucho mejor que mis compañeros de andanzas, desde luego. Tenía los pies pequeños y si me miraba fijamente conseguía sonrojarme —algo que hasta ese entonces no sabía que me podía pasar—.

Llegó al barrio, de calles sin pavimentar y rodeado, todavía, de potreros y de vacas pintas, junto con su mamá a visitar a una tía aprovechando las vacaciones de verano. Vivía en la ciudad de México y cuando me lo dijo yo sentí que estaba conociendo a alguien de otro planeta. Me enamoré de ella como sólo se puede uno enamorar cuando se tienen once años: a lo buey.

A que no me alcanzas. Me dijo una tarde, después de haber dado dos vueltas con su bicicleta por donde yo estaba y señalándome, con sus ojos de abismo, mi vieja bicicleta tirada a un lado de donde yo elevaba un papalote. La seguí sin importarme que mi nave de papel china quedara a la deriva y se perdiera entre las nubes.

Recorrimos el mundo, el que hasta entonces era mi mundo, hasta que oscureció. Fuimos a la Unidad Magisterial, que en aquel entonces sólo era un trazado de banquetas y guarniciones, pasamos a un lado de la pista de motos de San Roque, hoy en día en ese sitio está el Centro de Especialidades Médicas, y bajamos todo Ruiz Cortines, que no tenía pavimento en ese entonces, hasta llegar a los lavaderos; el camino era infame y estaba  lleno de piedras. Ahí ella metió su hermosa cabeza de hidra en una pileta y me mojó sin que yo, que la miraba hipnotizado, pudiera evitarlo. Luego enfilamos hasta la estación vieja del tren y regresamos por la misma calle pedregosa. Queriendo parecer muy de mundo le dije que la llevaría a “donde se apareció la virgen”. Ya en ese tiempo en la esquina de Mártires del 28 de Agosto y Ruiz Cortines había una pequeña capilla, llena de flores silvestres que los arrieros, que bajaban madera del Cofre de Perote, pasaban a ofrendarle a la figura sacra que se había formado en la rama de un árbol. Cuando llegamos ante el manchón en forma de ojal ella no se impresionó en lo más mínimo.

Regresamos caminando, cada quien con su bicicleta a un lado; yo venía en silencio y ella, no sé si a propósito, me empezó a presumir de la Basílica de Guadalupe y de las veces que había ido con sus papás. Estaba francamente molesto porque ella no dejaba de hablar de la nave mayor, de los cientos de bancas que tenía, del altar de la virgen y de lo grande que eran los campanarios. Fue en ese momento que descubrí lo que era sentirse provinciano.

Nuestro destino, e inicio de nuestro periplo, era la colonia Adolfo López Mateos, casi una aldea de veinte casas ubicada en lo que hoy serían las dos últimas cuadras de la calle Lucio Blanco; la preparatoria Artículo Tercero recién se había construido y la calle pavimentada más cercana, entonces parte de la carretera federal México-Veracruz, era la avenida Xalapa. Dos cuadras antes de llegar le callé la boca con un beso, nacido desde un nudo en mis tripas y otro en mi garganta; ella no metió ni las manos. Ante mi embate, decidido y torpe, se afianzó de su bicicleta y me devolvió el beso, rabiosa, dulcemente, y a borbotones. Ahí supe por primera vez lo que era la eternidad. Esa noche no dormí.

Después del beso ella se montó en su bici y se fue sin decirme nada, dejándome el alma llena de la angustia más grande que hubiera sentido nunca. ¿Se habría enojado?, ¿me acusaría con su mamá y su tía?, ¿vendrían por la mañana a hablar con mi madre?; ¿me mandaría mi padre a un internado como me lo había advertido cuando lo hacía enojar?

En 1976 los días duraban años y si uno esperaba un castigo se convertían en siglos. La mañana, sin embargo, transcurrió sin novedad; me acomedí a ayudar a mi madre en todo lo que pude como abonando puntos buenos a mi cuenta y, ya por la tarde, cuando la calma chicha no precedió a la tormenta que esperaba me eché a la calle con mi bicicleta.

En el mismo lugar del día anterior estaba ella, esperándome. No había en su cara de princesa pirata ni un rastro de rencor y estaba recargada, casi acostada en un alarde de equilibrio, de su bicicleta. Sonreía y su pelo, alborotado al viento del mejor verano de mi vida, parecía la vela de un barco que, pujante y majestuoso, esperaba partir de un momento a otro por un misterioso y peligroso mar: la vida.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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[alert type=alert-white ]Imagen de encabezado: Paul Wolff & Alfred Tritschler Bicycle Rides in the Snow, 1930s[/alert]

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