El perdido arte epistolar

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Cartero - xalapo.com

Me traes una carta de tu mamá en donde me explique por qué no mandó la cooperación para el convivio de fin de año. — Me dijo la maestra (en sexto grado) y abrió ante mí una entrada a la dimensión desconocida. Yo, por supuesto, no había llevado la cooperación porque me la había gastado y no porque mi mamá no me la hubiera dado.

La verdad ya no podía salvar, a esas alturas, mi mentira y lo que quedaba era seguir mintiendo para sobrevivir, al menos hasta las vacaciones de Semana Santa, por lo que decidí falsificar la carta. Fracasé estrepitosamente y no conocí el mar, gracias a eso, hasta el año siguiente.

Hoy, a la lejana distancia del tiempo, he analizado que no bastaba que la letra tambaleante de mi madre me saliera más o menos bien, sino que me hizo falta la redacción adecuada.

Estimada maestra: (decía mi epístola) no he traído la cooperación porque mi hijo ha estado enfermo, el mes que entra se la traigo. Fulanita de Tal”. Sobra decir que en el momento que equivoqué el verbo, y la persona conjugada con él, signé mi sentencia.

En la soledad de mi cuarto, y en la largura de las horas de castigo, decidí aprender a redactar cartas y conseguí, al cabo del tiempo, un manual que traía todos los modelos de misivas que se pueden escribir y otras más, que resultaban de la combinación de algunos machotes incluidos. El libro se llamaba, creo, “Manual de Redacción”.

No quiero aclarar, porque ustedes se darán cuenta enseguida, que el libraco ya era obsoleto aún para los tiempos de mi juventud y que aunque hubiera escrito después cien o doscientas cartas redactadas como ahí se señalaba, de todos modos la maestra hubiera descubierto que no habría sido yo el autor. Demos unos ejemplos:Carteros - xalapo.com

Querido enamorado secreto: Me he devanado los sesos pensando en lo que usted creerá de mí por responderle su ardiente misiva, pero ha podido más mi curiosidad…”. Ejemplo de carta de enamorada con enamorado secreto, con un amor que, supongo, se iba a quedar carteado nomás porque no creo que hubiera, aún en la época, nadie tan cursi como para aguantar eso.

Estimado cuentahabiente: El banco se muestra incapaz de aguantar su pago otros dieciséis meses; prepárese para embargo a primera hora del día de…” Carta de un banco a su cliente y que, a pesar de los años, no ha variado mucho en el contenido de los correos electrónicos al día de hoy.

Querido hijo: No comprendo cómo has podido poner el nombre de la familia tan por los suelos ni cómo, tu moral ha podido caer tan bajo. Te conmino a regresar inmediatamente a este tu hogar paterno. Tu tío Luis te dará un empleo en la fábrica de zapatos de su propiedad…

Estimado padre: La culpa es de esta ciudad tan libertina y de Maurice, el chico francés del que ya te he escrito. Siento no poder acceder a tus deseos, por razón de que los míos hacía él son más poderosos, Salgo a París, te escribiré a mi regreso.” Intercambio epistolar entre padre e hijo que seguramente acabó en desheredación.

Amado padre: Úrgeme mandes diez mil pesos. El caso es de vida o muerte pero no te preocupes, ya habrá tiempo de explicar todo con  amplitud…”. Carta de un hijo urgiendo por algo que, a menos de que el padre fuera un mal pensado, no mandaría inmediatamente.

Hoy, sin embargo, las cosas se han simplificado bastante, pues los mensajes multimedia, el Internet, el “chat” y demás artilugios modernos no sólo han cambiado, sino que casi desaparecido, cualquier intercambio epistolar protocolizado.

Y aunque tiene sus ventajas no tener que andar peleándose con la sintaxis y la lógica de una buena construcción gramatical, también tiene sus desventajas, sobre todo al momento de ponerse epistolarmente románticos.

Es decir, nunca podrá compararse algo como: “Amada mía: El jardín de tus aromas perfuma mi alma y mi corazón desde que te conocí; no encuentro un momento de sosiego desde que tus ojos me miraron, hace ya varias semanas, en el parque central. Espero mis cartas puedan ablandar tu corazón y este sentimiento pueda verse bendecido, en un día no muy lejano, por el Creador en el altar…” etcétera; a algo como esto, que se puede leer en la fría pantalla de cualquier teléfono celular de estudiante universitario: “Ke p2, ando klientito, tdceo ¿En tu casa o en la mía?”. 

 

Alejandro Hernández Hernández

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