El xalapeño siempre dice que no

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Mi ciudad a lo largo de su historia ha tenido, entre sus propios habitantes, a los más grandes enemigos de su progreso. Según una teoría personal esto se debe a que nuestros genes tienen alterado el cromosoma del “No”. Es decir, cada que alguien pretende hacer algo que signifique una mejor calidad de vida para los que aquí vivimos, la mayoría siempre dice que no. Así, sin argumentos, sin una razón válida, de entrada es no.

Aunque, si lo pensamos bien, la razón oculta para decir que no es la propia comodidad. Porque el xalapeño es, por naturaleza también, comodino.

Enfoquémonos, para efectos de esta columna, en la movilidad urbana tan comprometida que tenemos. Cuando la tendencia mundial se encamina hacia la recuperación de espacios públicos y calles para las personas, a la disminución del uso del auto y a la peatonalización de los centros históricos, el xalapeño, por no bajarse del auto, dice a todas esa “locuras” que no. Y arguyen cosas como estas: que es imposible no usar el auto, que si se cierra el centro histórico a la circulación vehicular se colapsa la ciudad, que si se amplían las banquetas se muere el comercio, etcétera. Y lo dicen los ciudadanos comunes —que casi siempre son gregarios en sus opiniones—, pero también los representantes de las cámaras de comercio, algunos pseudo intelectuales y hasta gente que trabaja en el mismo gobierno, demostrando no sólo una raquítica visión del futuro de las ciudades, sino también una intransigente resistencia al cambio.

Helen Keller, mujer que nació ciega y sorda, pero que llegó a ser una motivadora personal extraordinaria, dijo: “Lo único peor a no tener vista es no tener visión.” En ese sentido a los comerciantes xalapeños les falta visión, pues creen que una calle peatonal es la muerte para los comercios que ahí se encuentran, cuando todos los días en ciudades como Guadalajara, León, Guanajuato, etcétera, se demuestra lo contrario en calles que han sido cerradas al paso de los vehículos y que se han convertido en auténticos corredores comerciales. Y para abundar en el punto tengo muy presente una declaración que hizo, en su momento, el presidente de los Comerciantes del Centro Histórico y actual cronista de la ciudad, José Zaydén, que dijo, refiriéndose al cierre del centro de la ciudad, propuesto en varios planes de movilidad y por especialistas en el tema, que era algo imposible de hacer porque todos quedaríamos encerrados. Me imaginé, cuando leí tal cosa, a miles de xalapeños deambulando, hasta morir de viejos, por Enríquez y Lucio.

Y esto mismo pasa ahora con la pretendida ampliación de las banquetas de la calle Úrsulo Galván, que ha puesto histéricos a los comerciantes ahí asentados, los cuales argumentan que sus ventas se caerán, que al reducir la calle no habrá en donde estacionen sus autos, ni sus clientes ni ellos mismos, etcétera.

Si bien es cierto que pareciera que las recomendaciones del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), hechas al ayuntamiento de Xalapa, en las que se incluye el cierre del Centro y la ampliación de las susodichas banquetas, están siendo puestas en marcha de atrás para adelante, porque primero habría que reestructurar desde sus cimientos el transporte público de la ciudad, también es verdad que no se le está dando el beneficio de la duda al proyecto. Y no es que yo adore todo lo que los del BID dicen, sino que creo que al recuperar espacios públicos para el peatón se impulsan las actividades comerciales y mejora la calidad de vida de los que habitan o trabajan en ellos. Es cierto, no podrán estacionarse los clientes y los mismos comerciantes, pero de hecho ahora mismo no lo pueden hacer, pues Úrsulo Galván es uno de los grandes estacionamientos gratuitos de muchos empleados de los gobiernos, estatal y municipal, que llegan muy temprano, dejan sus autos ahí y no los quitan sino hasta que salen de trabajar.

En fin, lo que yo creo es que este “no”, enquistado en el colectivo social del xalapeño, se hará presente cuando haya que, por necesidad y no sólo porque lo diga el BID, cambiarle el sentido vial a muchas calles de la ciudad; o cuando se tenga restringir el paso de vehículos por el centro (como en Londres, que hay que pagar peaje por circular por él); o cuando se acabe el petróleo, o cuando, por fin y por no haber implementado jamás ningún Plan de Movilidad de tantos que se han hecho, todas las calles, llenas de autos humeantes, con cláxones sonando y gente muriendo de desesperación dentro de ellos, colapsen. Casi como ahora mismo pasa, casi así.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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