¿Entierro o cremación?

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Cremación en Xalapa - xalapo.com

Cómo vivir en Xalapa


Mi ciudad crece mucho más rápido que lo que las autoridades pueden dotarla de servicios. Agua potable, drenaje, energía eléctrica, pavimentación de calles y banquetas, mercados, entre otras cosas, son servicios que la gente requiere para vivir dignamente, sin embargo, existe otro servicio que también resulta indispensable, aunque para cuando uno lo ocupa ya poco ha de importarnos si existe o no existe: los cementerios.

En Xalapa hay tres cementerios municipales en activo, uno en desuso (que bien le vendría una manita de gato para convertirlo, de a de veras, en un atractivo histórico para turistas y para los propios xalapeños) y un cementerio particular, en donde ir a depositar los restos mortuorios de nuestros familiares y amigos cuando fallecen. Desafortunadamente la ciudad ha crecido tanto, y se está muriendo tanta gente que antes no se moría,  que en los panteones municipales ya casi no hay cupo; mero ni parados caben ya los difuntitos.

Ante esta situación, y ante el alto costo que representa morirse (entre 8 y 30 mil pesos, o más según la “importancia” del fallecido), muchas personas están optando por la cremación, que no es llenar al muerto de crema, como algunos piensan, sino incinerarlo hasta reducirlo, tal como dice la sentencia bíblica, a puro polvo, lo cual, además de convertir los restos mortales en unos dos kilos de ceniza, también sale más barato, entre cinco y diez mil pesos según la urna y el sitio en que ésta se vaya a depositar.Cremación en Xalapa - xalapo.com

Aunque la cremación cada día gana más adeptos (literalmente, porque cada día más muertos son cremados), muchos vivos, que tarde o temprano y aunque no quieran serán difuntos, ven con recelo esta práctica; muchos por cuestiones de tipo religioso. Sin embargo, en este tema deberían estar tranquilos, pues a menos de que practiquen el judaísmo ortodoxo, el mormonismo, el zoroastrismo, el neo confusionismo, o que sean musulmanes, no existe impedimento en el catolicismo o el protestantismo (religiones con más adeptos en nuestro país) para echarle lumbre a los restos mortuorios de las personas.

Es cierto que en tiempos primitivos los cristianos de ambos bandos: católicos y protestantes (¿si tienen el mismo padre por qué no se quieren como hermanos?), que entonces eran uno solo, eran reticentes a incinerar a sus muertos; salvo en casos muy necesarios —pestes y enfermedades parecidas— se permitían hacerlo. Sin embargo, las posteriores interpretaciones de sus propios fundamentos y una mayor flexibilidad en sus prácticas, han ido allanando el camino para que la cremación sea una opción posible para el destino final de un cadáver. Y para los católicos más ortodoxos, a los cuales mi abuelita se refería como “mochos”, les platico que la actual Ley de la Iglesia, a partir del Concilio Vaticano II, al tratar de las exequias eclesiásticas dice lo siguiente: “La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana” (Código de Derecho Canónico, canon 1176 §3). Este concilio, por cierto, fue avalado por dos papas, Juan XXIII, quien murió en el transcurso de éste, y Paulo VI, quien fue el que lo firmó.

Cada quien, desde luego, puede hacer con su muerto lo que más le plazca, siempre y cuando el propio muerto, en su época de vivo, no haya dispuesto algo especial para ser realizado con sus restos.

Otras religiones no son tan quisquillosas con el tema. Los hindúes, por ejemplo, dicen que la destrucción del cuerpo a través del fuego en lugar de sepultarlo tiene el objeto de inducir un sentimiento de separación del espíritu fresco e incorpóreo, al que será útil alentar en su paso al “otro mundo”. En religiones  como el budismo, el cuerpo es visualizado como un instrumento portador del alma al nacer. Una de las citas del Bhagavad Gita (texto sagrado) señala: “Así como las vestimentas viejas son lanzadas lejos y se toman nuevas, el alma sale del cuerpo después de la muerte para tomar otro nuevo”. De ahí que el cadáver no sea considerado sagrado, dado que el alma que lo poseía lo ha abandonado, o como diría una tía que tengo: “pues el puro zurrón como para qué lo queremos”.

En la vida moderna, creo yo, lo práctico debe imponerse por sobre ritos anacrónicos; disponer de un cuerpo sin vida no deja de ser un ritual conmovedor y significativo, sin embargo, debe esto también ser una cuestión lo más fácil de sobrellevar para los deudos, pues en aras de cumplir voluntades póstumas, no falta quien deba hacer verdaderos sacrificios: llevar el cuerpo hasta el lugar de nacimiento del fallecido, llevarle mariachis, sepultarlo en ataúdes o con ropas de determinadas características, etcétera.

Independientemente de lo anterior, algo que sí deberíamos de tomar en cuenta ahora que estamos vivos es la donación de órganos; no existe nada más egoísta que enterrar o hacer cenizas órganos que podrían salvarle, o mejorarle, la vida a alguien.

 

 Alejandro Hernández y Hernández

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