Envidia

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Envidia - xalapo.com

La envidia en los hombres muestra

cuán desdichados se sienten,

y su constante atención a lo que hacen

o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren.

Arthur Schopenhauer (Filósofo alemán)


Juan Tovar llegó la mañana de ese lunes a la casa de su patrón con el estómago hecho nudo, antes había peleado con su mujer porque le exigió dinero para pagar la renta del cuartucho en que vivían y no se lo pudo dar. Lo había gastado todo el sábado en la cantina.

Mientras hacía que desenredaba una manguera —no tenía ganas de trabajar— se puso a mirar los grandes ventanales de la casa. Detrás de los cristales biselados y de las cortinas de encaje francés, en el comedor desayunando, estaban el diputado Robles y su esposa. Ella era una mujer de modales finos y cuando sonreía lo hacía como lo debe haber hecho la virgen cuando tuvo su epifanía.

El diputado Robles era un político de la nueva guardia, no muy viejo no muy joven, vestía con cierta elegancia y tenía un futuro promisorio dentro de su partido. Sin probar la fruta ni los hot cakes se sirvió más café mientras ojeaba, sin ver, el periódico; su mujer lo miraba atenta, lo conocía tan bien que ya sabía cuándo algo lo inquietaba.

¿Te pasa algo, cariño? —Preguntó ella con discreción.

Nada en especial —contestó él, casi agradecido de que le preguntara— ayer discutí con Manríquez, está empeñado en que en la sesión de hoy aprobemos una iniciativa suya a como dé lugar. Imagínate, si lo hacemos borramos de un plumazo dos mil hectáreas de selva para poner ahí una refinería. Estaríamos desplazando quién sabe a cuántos indígenas y, además, el desastre ecológico sería inimaginable.

¿Y qué vas a hacer?

Tendré que votar a favor, le debo mucho a Manríquez y no quiero perder su apoyo en las elecciones para gobernador. — El diputado miró al jardín y descubrió a Juan que seguía desenredando la manguera con pereza; cuando éste se dio cuenta que su patrón lo miraba bajó la cabeza y se afanó en lo que hacía. Cómo quisiera no tener que enfrentarme a estos conflictos morales —dijo suspirando—, no sabes cuánto envidio a ése que arregla nuestro jardín, míralo, ¿qué cosa le puede preocupar a él? 

La mujer no contestó, miró a Juan y sonrió para sí misma; ambos siguieron desayunando en silencio.

Juan Tovar, sin imaginar que hablaban de él, al mirar a ese hombre que tenía todo lo que él anhelaba sintió que un sentimiento, parecido al que experimentó cuando su padre le cedió la parcela a su hermano mayor, se le clavó en un costado. “Tú serás alguien en la vida, tu hermano sólo sabe sembrar, por eso se la dejo a él; a ti te voy a mandar a estudiar a la capital”. Le dijo su padre a manera de disculpa y luego, dos semanas después, se le ocurrió desbarrancarse cerca del rio y murió. Juan vino a la capital —su hermano lo echó— pero no estudió ni era “alguien” en la vida todavía.

El diputado Robles y su mujer salieron de la casa; ella lo despidió con un beso, su chofer y un escolta lo esperaban en una camioneta. Se fueron y ella regresó a la casa, antes de entrar llamó a Juan con una seña, éste botó la manguera apuradamente y, mientras caminaba hacia la puerta que ella había dejado abierta, pensaba en que el ama de llaves no llegaría sino hasta dentro de dos horas. Dos horas de robada felicidad.

 

Hernán Dumás. Enero de 2010


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