Friendzonera

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Incoming tide Bondi Beach

Hace algunos días, caminando por la playa, contemplando la vida, las estrellas, el mar, a Juanita,  me topé de pronto con una situación que no llamó, sino reclamó mi completa atención:

Una chica de cuerpo impresionante (dato completamente irrelevante a la historia pero cuando se puede hay que presumir) y cierto fulano estaban teniendo una acalorada y bastante injusta conversación; con la cara más neutral que pude invocar, me senté a pocos metros para ver la espuma, observar mis ahora interesantísimos pies y, aguzando el oído, me dediqué a escuchar aquel triste suceso.

Mientras él claramente intentaba darle su corazón, ella, con una mirada frívola, glacial como caguama en hielera, lo rechazaba. Pero la cosa no empezó así, primero fue una sonrisa educada, un intento de civilidad, de ser  lo más cortés que su impaciencia le permitía. Con un tono amable en su voz, su primer respuesta ante la propuesta del fulano fue ignorarlo, como si nada hubiera pasado, como si aquellas palabras nunca hubieran existido. Al resultar inútil dicha técnica, tuvo que seguir con un enfoque un poco más rudo: poco a poco intentó calmarlo, disuadirlo con bromas y chistes, cambiaba la conversación, insinuaba que otras chicas serían mejores que ella, intentaba darle palabras de aliento para que buscase otros brazos que recibieran el calor que él ofrecía. Todo esto sin resultado aparente.

Aquí es donde se pone bueno. El tipo insistía con las palabras más dulces que tenía y con frases cada vez más incoherentes. El humor de ella empezó a mutar, el ceño se frunció, la mirada se le oscureció y, básicamente se le metió el chamuco.

Todos sabemos que cuando una mujer se lo propone, logra lo que quiere. Y estaba claro que en la mente de aquella mujer sólo había un objetivo: hacer caca al pobrehombre.

Para ahorrarnos la pena, la vergüenza de aquel hombre y no abrumarlos con la cantidad de ofensas e injurias que ella soltó, sólo diré que lo dejó en un lugar del que no creo que pueda salir en mucho tiempo.

Ante semejante acto de crueldad no me pude quedar sin hacer nada. Cuando el tipejo huyó y se hubo perdido en la lejanía, me acerqué decidido a presentarle mis respetos a aquel demonio de mujer. Mismo demonio que resultó ser lo que en términos científicos se conoce como “una perita en dulce”. Hasta me invitó a sentarme con ella y acompañarla el resto del día. Una vez establecida la mínima confianza que puede existir entre dos extraños, me armé de valor y le compartí mis impresiones de lo ocurrido. Yo esperaba indignación, irá, regaños, golpes incluso, pero lo que sucedió me dejó aún más aterrado…

Volteó, sonrió, me dijo: “pues qué te puedo decir, así somos las mujeres, el corazón quiere lo que quiere… “. Calló un segundo, me miró como nunca me habían mirado. Acto seguido me tomó de la mano, me dio un beso en la mejilla, nos levantamos de la arena y empezó así la mejor relación de mi vida.

Pepe Pecas

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