Hay momentos para recitar poesía y hay momentos para hacerla de pedo

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Protesta - xalapo.com

Recuerdo. El mes de diciembre del dos mil doce inició con consignas y un rumor de revolución que no pasó de simulacro.

A las siete de la mañana estaban concentrados ya alrededor del Palacio Legislativo de San Lázaro varias células de inconformes; recorrían las barrera de acero instaladas por el Estado Mayor Presidencial, buscaban puntos ciegos, zonas descuidadas, fracturas en la seguridad. Uno esperaría que ambos bandos, los que protestan y los que resguardan, supieran que nada bueno puede salir del choque del descontento con las vallas. Con el tiempo aprendemos a pensarlo y, también, a prepararnos para estar equivocados: cuando la policía se replegó en las vallas de Emiliano Zapata y Eduardo Molina al ver cómo hacia ellos avanzaba furioso un camión recolector de basura en llamas creímos haber alcanzado el momentum: una fractura en la barrera permitió la entrada de los primeros valientes que cruzaron la nube de gas esquivando munición de goma y bautizando el asfalto con su vómito alcanforado a la vez que, en otro punto, las piedras se precipitaban sobre los toletes.

No iniciamos el fuego pero éramos la bomba. Pensamos en los primeros caídos como mártires de una revolución por venir que incitarían a distintas brigadas de inconformes, más o menos grandes, a tomar el cielo por asalto.

Pero no fue así.

Mientras al interior de San Lázaro el nuevo presidente juraba guardar la paz de la nación y respetar los derechos humanos al mismo tiempo que algunos eran gaseados y toleteados y otros manoseados y manoseadas por cerdos santificados por una placa numerada y uniforme azul o negro, aquellos que en Instagram y Facebook y Twitter exigían una transfusión urgente de “sangre tipo Zapata” para la nación se replegaron hacia el Ángel de la Independencia o el Monumento a la Revolución (el chiste se cuenta solo) para deslindarse de los violentos, los provocadores, los infiltrados vándalos saqueadores que al no tener valor les vale esconder sus rostros bajo pasamontañas y pañoletas: la única vía es la paz, goei, y, osea, digo, este es un movimiento pacífico y democrático.

Allí entonaron himnos, tomaron fotos pa’l face y leyeron poemas sobre la situación del país. No sabían, y dudo que sepan ahora, que hay momentos para recitar poesías y hay momentos para hacerla de pedo. Para mí aquél era uno de estos últimos.

La primera explicación, inoculada por el coraje de haber sido abandonados en una lucha en la que se supone marchábamos juntos, nos haría pensar que esta es la típica respuesta de clases que colocadas más allá de la media exigen cambios pero no están dispuestos a comprometer sus privilegios o simplemente le sacan a esos putazos que a quienes crecimos en barrios de las periferias conocemos desde morros. Pero hay que sobreponerse a este resentimiento que entendible, insisto, cuando te dejan en el la línea de fuego sin tener la decencia de reconocerte como un igual para alcanzar el atisbo de una respuesta más completa y menos reduccionista.

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Mitologías de gobierno; promesas de dolor y estabilidad

Para que una idea de nación o régimen o estilo de gobernar triunfe sobre otro no es suficiente con tomar una capital o un castillo o un estandarte. Son necesarias más cosas: quizá una barba tupida y carismática, quizá vodka y cigarrillos para las masas o tal vez el respaldo de una potencia mundial. Y aún eso no es garantía de nada: además de ganar la batalla en los corazones y mentes de hombres y mujeres hay que asegurarnos de que la devoción por los nuevos líderes sea casi incuestiomable.

Para lograr esto es necesaria la participación de filósofos e historiadores, de intelectuales y trabajadores en la creación de una mitología que justifique ante los gobernados la naturaleza necesaria del nuevo régimen. Así nacieron los nacionalismos, la identidad regional y la cultura. Así nació el mito de la paz y nuestro amor por ella; así aparece nuestra cobardía y el temor a la violencia; así se construyen estos dispositivos de domincio ideológico.

Estas dispositivos son históricos e inmanentes y, sin embargo, se revisten de trascendencia y racionalidad. Para mantener esta imagen de necesidad los administradores del poder (Estados, antes, grandes consorcios y, básicamente, cualquiera con suficiente dinero ahora en tiempos como los nuestros en los que la figura del Estado-Nación agoniza) se ha apelado a distintos cosas en distintos momentos: la religión, por ejemplo, como motivación para la conquista de México por parte de los españoles o la Naturaleza y la Razón durante la Revolución Francesa, al mercado y la patria en otros días. Hoy el humanismo —la puta de las ideologías— funciona como el muro de contención por excelencia contra la radicalización de los machetes y las piedras contándonos una historia endulzada en la que se enaltece la sangre derramada para traernos a este estadio de la historia pero se censuran las rutas que recorrimos: la muerte y la pólvora son cosas del pasado porque ya estamos aquí, en el reino del acuerdo y las instituciones.

A menos, claro, que sea necesaria sangre para mantener la paz última que vivimos —y sólo la pólvora nos ha dado— y cuyo resguardo recae única y exclusivamente sobre el Estado, quien tiene el monopolio sobre el uso legítimo de la fuerza.

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En La oveja negra, Monterroso explica con una claridad insuperable la formación de las mitologías de gobierno. Pero caeríamos en la trampa de ver sólo una cara de la moneda. Así, deberíamos rodear las teorías simplistas que ven en los regímenes, el que sea,  sólo el ejercicio de la fuerza y ver la enchilada completa: quien gobierna debe poner también al alcance de sus gobernados las promesas del placer y la felicidad.

Etienne de la Boétie, contemporáneo de Montaigne, puso la pregunta sobre la mesa en su Discurso de la servidumbre voluntaria o el Contra Uno. Transcribo unas líneas de sus primeros párrafos para dejar que sea su estilo el que exprese sus ideas mejor que un grosero comentario:

Pero, ¡oh, Dios mío!, ¿qué ocurre? ¿Cómo llamar [a] ese vicio, ese vicio tan horrible? ¿Acaso no es vergonzoso ver a tantas y tantas personas, no tan sólo obedecer, sino arrastrarse? No ser gobernados, sino tiranizados, sin bienes, ni parientes, ni mujeres, ni hijos, ni vida propia. Soportar saqueos, asaltos y crueldades, no de un ejército, no de una horda descontrolada de bárbaros contra la que cada uno podría defender su vida a costa de su sangre, sino únicamente de uno solo. No de un Hércules o de un Sansón, sino de un único hombrecillo, las más de las veces el más cobarde y afeminado de la nación, que no ha siquiera husmeado una sola vez la pólvora de los campos de batalla, sino apenas la arena de los torneos, y que es incapaz no sólo de mandar a los hombres, ¡sino también de satisfacer a la más miserable mujerzuela! ¿Llamaremos [a] eso cobardía? ¿Diremos que los que se someten a semejante yugo son viles y cobardes?

Si nos detenemos en las ideas vomitadas apenas hace un par de párrafos saldríamos valientemente al ruedo a gritar que es por miedo a la represión y las armas que quien gobierna tiene listas para usarse a la mínima provocación y quedaríamos como estúpidos: las cosas son siempre más complejas de lo que parecen y eso lo sabe bien de la Boétie, quien unos párrafos más adelante apunta que «la primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre»: los hombres nacen ciervos y son educados como tales.

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¿No es sintomática la viralidad de esa imagen de una madre vapuleando a su hijo frente a las cámaras cuando lo vio lanzando piedras contra la policía en Boston? Cuando esta mujer declaró ante la prensa, dijo que lo hizo por el bien de su hijo, porque no quería que terminara como uno de tantos hombres afroamericanos baleados por ninguna razón por una policía en su mayoría blanca que ha dado muestras letales de racismo. El discurso de la #MomOfTheYear rápidamente fue ungido por la derecha mojigata y las izquierdas moderadas: mommy knows best and mommy knows you shouldn’t put your ass en peligro por el bien común.

La tercera razón que de la Boétie encuentra para explicar la servidumbre voluntaria, el embrutecimiento de los súbditos, es ahora un lugar común que no vale la pena comentar, sobre todo cuando apunta a una idea mucho más interesante: la ilusión de estabilidad y la promesa de un futuro mejor… que llegará eventualmente, algún día, pronto.

Una vez establecido el régimen y sus formas de gobierno sobre los súbditos (o, como se les llama en español políticamente correcto: ciudadanos) y habiendo convertido los prejuicios e ideología del Estado (Razón de Estado) en regla, es normal que la costumbre convierta la situación en una zona de comfort de la cual es mejor no salir porque desconocemos qué haya más allá de nuestras circunstancias. Nos convence(n)mos, además, de que esto no es tan terrible: soportar a el sistema político en el que vivimos y quienes están arriba en su jerarquía (con su estilo de vida tan lleno de lujos, corrupción, casas blancas y servicio de transporte para toda la familia a la hora de vacacionar) vale la pena porque si nos portamos bien y somos buenos ciudadanos eventualmente, poco a poco y a través del acuerdo, las cosas mejorarán. Nos convencemos de que esto no es sólo una promesa pues de vez en cuando pasa que nos pavimentan una calle o nos toca una palmadita en el hombro en forma de una beca o recursos para emprendedores.

Regímenes como este que padecemos han sabido mantenernos tranquilos y gobernables por su capacidad de administrar el dolor y la promesa de un futuro mejor; misma que sigue vigente gracias a la “premiación” de uno que otro que “logra sobresalir”. Es posible ver más allá de esta ilusión, de este juego de espejos, por muchos medios y uno de ellos, más efectivo que pedirle al ilusionista porfavorcito que revele sus secretos, es tomar el martillo y quebrar el vidrio. 

 

Josué Castillo

Twitter: @tuvozesuneco

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