Historia de una Semana Santa

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Cómo vivir en Xalapa

Historia de una Semana Santa

Por: Alejandro Hernández


Mi ciudad es el lugar en donde miles de burócratas ven pasar sus vidas fragmentadas en quincenas, prorrateadas por ciclos lectivos o años fiscales y alegradas, de cuando en cuando, por algún periodo vacacional.

Juan Pérez, pasante de derecho, xalapeño por adopción y burócrata por convicción, es uno de esos tantos entes que reptan hasta la oficina de nueve a dos y de cuatro a ocho, y que sólo vuelven a la vida el día en que empiezan las vacaciones.

El martes santo a las nueve de la “madrugada”, tal y como lo mandan los cánones, empezó a meter maletas a la cajuela de su Chevy Pop modelo 98. Acomodó la de él, la de su mujer — ¿Qué tanto le había echado adentro? —; la de sus dos hijos (eran sus mochilas de la escuela pero vacías de libros y llenas de ropa), un morral con trapos de su suegra y, más grande que cualquiera de las maletas, una hielera llena de cervezas.

A las doce del día, bajo un sol irritante, la esposa de Juan, sus dos retoños y su suegra esperaban —sudando profusamente adentro del Chevy— a que él acabara de cerrar puertas y ventanas. Uno de los niños, Juanito, andaba malito de la panza y de rato en rato soltaba unos gasecitos, no muy sonoros pero sí muy penetrantes.

A la una con cincuenta, bajo el mismo sol quemante pero en otra colonia, todos esperaban —asándose, sudando y aspirando los gases de Juanito— a que Juan y su compadre acabaran de acomodar otras tres maletas —de él y su familia—. Ninguno se pudo explicar cómo cupieron todos en el auto. A las dos con diez el Chevy, con el motor forzado por la sobrecarga, salía  —bajo la mirada envidiosa de los vecinos— de la colonia Del Moral con rumbo a Chachalacas.

A las tres de la tarde el Chevy, después de dejar el tráfico citadino, tomó la carretera por asalto y se dejó conducir a la pasmosa velocidad de cincuenta kilómetros por hora, gracias al sobrepeso y a la suegra de Juan que se mareaba con la velocidad.

A las cuatro con quince, en un puesto de cocos a orilla de la carretera nuestros héroes —cubeta en mano— trataban de enfriar el humeante radiador del Chevy. Bajo la sombra de un árbol de nacaxtle, la suegra de Juan exclamó entre dientes —Ay hija, ¿yo no sé qué chingaos le viste a este inútil?

A las cinco de la tarde el compadre, ante el lamentable estado del Chevy, subió a un camión de la línea TRV con la intención de llegar a Rinconada y traer un mecánico. A las siete, uno de los niños de Juan le pegó al niño del compadre y las mamás, tomando partido cada una por su hijo, se hicieron de palabras. La suegra, abanicándose debajo del nacaxtle, sólo dijo —Ay hija, ¿cómo fueron a invitar a estos pelados?

Juan, habiendo rescatado del sol la hielera, miraba al horizonte con resignación mientras daba cuenta de la cuarta “caguama”.

A las once de la noche, cuando Juan dormía la “mona” teniendo como almohada la hielera y como cama la grava de la cuneta, su compadre, el radiador nuevo, el mecánico que lo pondría y una borrachera cuata, la que ambos compartían —el radiador era el único que venía sobrio— llegaron en un Valiant Súper Bee 76, propiedad del mecánico.

Mientras el mecánico trasroscaba los tornillos, la esposa del compadre le puso al tanto del problema con los niños y él, indignadísimo le dijo a Juan — ¿Para eso fui a buscar ayuda, para que me ninguneen a mi familia cuando no estoy?… ¡Vieja! Nos vamos, al fin que el “maestro” nos invitó a pasar unos días en su casa. La mujer tomó a su hijo, sus maletas y volteando la cara al cielo se subió al Valiant.

El mecánico miró feo a la mujer de Juan, botó los tornillos y la banda del ventilador al suelo, tomó el radiador nuevo y subió a su coche.

Juan no dijo nada, se dirigió a la hielera y no se quitó de ahí hasta que acabó con la última cerveza. Al final, balbuceante, sólo dijo —Consumatum est.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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