Improvisación e indecisión

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Xalapa, Improvisación e indecisión - xalapo.com

Xalapa, Improvisación e indecisión


Mi ciudad, como casi todas las del país, es gobernada bajo dos parámetros muy socorridos entre la clase política: improvisación e indecisión.

En una suerte de tratar de imitar a aquel comediante de décadas pasadas, el Borras, cada alcalde que ha llegado a gobernar a Xalapa en los últimos 30 años, lo ha hecho “aventándose”, como cualquier espontáneo en una plaza de toros, a ver qué le sale. Así, la obra pública y administrativa que un presidente municipal hace, el que le sucede la tira, le deja de dar mantenimiento, la abandona a su suerte y, en el caso de programas y planes de gobierno, los echa a la basura. Pongamos algunos ejemplos.

Durante la administración de Reynaldo Escobar se llenaron de semáforos los cruceros de la ciudad; la semaforización, entonces, fue el “legado”, entre otras cosas, de ese gobernante para la ciudad. Quien le sucedió, en cambio, empezó a quitar los semáforos para tratar de agilizar las vialidades bajo un esquema más acorde a las nuevas tendencias mundiales. La, permítaseme el término, desemaforización, fue la “herencia” que recibimos de esa administración. Uno los puso y otro los quitó, y los únicos que perdimos fuimos los ciudadanos que, vía impuestos, pagamos los semáforos que, ahora, deben estar en una pila de fierro viejo en algún desguazadero.

En este tenor, y continuando con los ejemplos, una puso unos murales, espantosos, por cierto, y el que le sucedió los mandó a borrar; una mandó a hacer unos jardines verticales, carísimos, y quien gobierna ahora los está dejando perder por falta de mantenimiento.

Lo terrible es que cada ocurrencia, cada brillante idea, cada chispazo de inspiración que un gobernante tiene nos cuesta dinero, o molestias, a los que somos gobernados por esos iluminados. Y lo mismo ocurre con los devaneos y la falta de compromiso con la ciudadanía que los gobernantes van teniendo mientras transcurren sus mandatos, pues mientras se muestran indecisos y temerosos de imponer el orden, aplicar la ley o implementar planes y programas de gobierno para solucionar problemas urgentes, éstos siguen creciendo y volviéndose insolucionables.

Ahí tenemos el problema de movilidad urbana que Xalapa enfrenta desde hace varias décadas y que todos los alcaldes, que lo debieron resolver en su momento, nomás dejaron pasar de largo, ya sea para no comprometer sus carreras políticas (porque toda decisión tiene sus consecuencias) o porque les faltó altura de miras o porque, de plano, no supieron qué hacer.

En esta administración municipal, que ya va a entrar a su tercer año, las cosas no han sido tan diferentes, la improvisación y la indecisión con que se ha manejado el problema vial lo ha hecho crecer de manera exponencial, al grado que hay días en los que mero no se puede uno trasladar de un punto a otro de la ciudad, ni en auto particular, ni en camión de pasajeros ni de ninguna otra forma.

Casi dos años de foros de movilidad, para no sacar nada en claro; varias visitas de expertos internacionales, para acabar haciendo lo contrario de lo que les recomiendan, y una completa falta de valor para tomar decisiones, que si bien afectarían a unos cuantos acabarían beneficiando a una mayoría ciudadana, han sido la tónica de este gobierno municipal que, muy a pesar de todo, recibe premios y reconocimientos por cosas que no ha hecho ni, lamentablemente, hará.

Si el alcalde, Américo Zúñiga Martínez, verdaderamente quiere solucionar uno de los más graves problemas que tenemos, la movilidad urbana, debe dejar de lado un campechano futuro político, sus conveniencias de clase y sus compromisos con los diferentes grupos de poder que existen, y fajarse los pantalones para intentar, con todo y lo difícil que esto sea, sacar a Xalapa de este, literal, atolladero. Entiendo que pasar por encima de grupos de poder como los permisionarios del transporte público, de los líderes de organizaciones políticas oportunistas, de la apatía del Gobierno del Estado y de la resistencia natural, y sin fundamentos, de muchos ciudadanos que se oponen a los cambios por conveniencia o comodidad, no es fácil, pero tampoco habrá de ser agradable pasar a la historia como un alcalde, otro más, que nomás estuvo sobrellevando los problemas hasta que dejaron de ser suyos.

La juventud, dicen, es instintivamente valiente y toma decisiones bizarras, entendiéndose esto como emprender acciones valerosas y temerarias; es momento ya de que nuestro joven alcalde demuestre que puede hacer una, cuando menos una sola, gran empresa: empezar a resolver lo que sus antecesores no pudieron o no quisieron.

Alejandro Hernández y Hernández

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