La conspiración

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[alert type=alert-white ]La sociedad en todos los sitios es una conspiración contra la personalidad de cada uno de sus miembros.

Ralph Waldo Emerson (escritor y poeta estadounidense)[/alert]

El hombre vestía un traje gris y su cara, de tan común, era también casi gris. Caminaba aprisa y apretaba, al dar vuelta en una esquina o al cruzar una calle, su mano derecha con la que asía un portafolio. Miraba en todas direcciones tratando de ser discreto. Se detuvo en una parada de autobuses.

En el lugar había dos mujeres y dos hombres; ellas eran estudiantes y reían —seguramente de las tonterías de las que suelen reírse los jóvenes—; uno de los hombres vestía traje y corbata, usaba lentes oscuros y llevaba un periódico bajo el brazo; el otro, ni joven ni viejo, vestía de sport y desenfadadamente se entretenía con la plática de las muchachas. Sólo uno de ellos volteó a ver al recién llegado. Él, en cambio, los observó a todos cuidadosamente.

“Estas chicas no son peligrosas, sólo son unas tontas sin preocupaciones; el idiota que las mira tampoco lo parece, pero el otro… veamos, traje barato, zapatos gastados, lentes oscuros y ese periódico… no es de hoy, está amarillento… ¡Maldición, ya me vio!”

El hombre con el periódico bajo el brazo sintió su mirada gris y, con una discreción poco sutil, se levantó las gafas para mirarlo mejor. El otro le sostuvo la mirada, como hacen los gatos con los niños cuando saben que están a punto de corretearlos a pedradas: fijamente pero con miedo. Ambos midieron fuerzas, luego, al mismo tiempo, se voltearon para otro lado pero sin dejar de mirarse de reojo. Un autobús llegó, todos los que estaban en la parada subieron.

El del traje gris procuró sentarse a un lado —pasillo de por medio— del de las gafas oscuras, que no lo dejaba de vigilar. El autobús iba casi vacío, sólo la risa desenfadada de las chicas y el ruido del motor se escuchaban. El hombre de las gafas oscuras empezó a cabecear, al parecer,  arrullado por el movimiento del vehículo.

“Debo bajarme antes de llegar, no puedo permitir que me descubran, este finge dormir pero a mí no me engaña, es uno de ‘ellos’.”

El autobús frenó para subir a más pasajeros, el de gris esperó hasta que éste empezara a avanzar y se bajó; el hombre de las gafas oscuras súbitamente se enderezó y de un salto bajó también. El primero apresuró el paso por una calle solitaria y el segundo lo siguió de cerca pero en la acera contraria. En un momento dado el de gris se metió en una puerta abierta y se escondió debajo de unas escaleras —eran las de un descuidado edificio de apartamentos—. El de las gafas entró también, pero lo hizo sigilosamente. El de gris dejó el portafolio en el suelo, esperó a que el otro pasara y se lanzó encima de él, los dos rodaron por el suelo y por algunos instantes sólo sus respiraciones agitadas se escucharon. Luego ambos, jadeantes pero indemnes, se quedaron quietos uno junto al otro, desfallecidos.

— ¿Por qué me sigues? —Preguntó trabajosamente el del traje gris.

— ¿Qué diablos…? Yo aquí vivo, ¿por qué me seguías tú? —Dijo acezante el de las gafas, que las había perdido en la lucha, igual que un kilo de bisteces que traía envuelto en el periódico.

— ¿Pero, acaso no eres uno de “ellos”?

— ¡No!, ¿y tú?

— Tampoco… pero creo que ése que viene ahí sí es.

El inquilino del departamento 13, que salía en ese momento, nunca supo qué le pasó. Alguien, cuando despertó en la cama de un hospital, le explicó que dos hombres de traje lo atacaron cerca de las escaleras. Deben haber sido “ellos”, dicen que dijo y luego cerró los ojos otra vez.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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