La educación

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La Educación - Xalapo.com

Mi ciudad está llena de personas con educación, incluso tienen, muchas de ellas, un título que así lo avala. Pero a todo esto, ¿qué cosa es la educación?

Educación, según el diccionario, es: (Del lat. educatĭo, -ōnis). 1. f. Acción y efecto de educar. 2. f. Crianza, enseñanza y doctrina que se da a los niños y a los jóvenes. 3. f. Instrucción por medio de la acción docente. 4. f. Cortesía, urbanidad.

Según algunos investigadores, y en un espectro más amplio del concepto, la educación puede definirse como el proceso de socialización de los individuos. Al educarse, una persona asimila y aprende conocimientos. La educación también implica una concienciación cultural y conductual, en donde las nuevas generaciones adquieren los modos de ser de generaciones anteriores.

Durante ese proceso los individuos aprenden valores históricos y de identidad colectiva, pero también son instruidos en aprendizajes que son inherentes a valores universales como la ciencia, las matemáticas, la física, la química, etcétera. Unos y otros —humanísticos y científicos— serán conocimientos que mejorarán las condiciones de vida del individuo y ampliarán las expectativas de su desarrollo social, económico e intelectual.

Aunque la introducción es larga y muy académica era necesaria, porque me permitirá abordar un aspecto de la educación —llamémosle administrativo— dentro de la sociedad. Es decir, un individuo educado —aplicando los conceptos anteriores— podría, si las cosas fueran como debieran, desenvolverse en los diferentes ámbitos productivos de la sociedad sin ningún problema. La realidad, sin embargo, es muy diferente a esta utópica concepción, porque en nuestro país la educación no sirve de gran cosa si no está respaldada por un papel, de treinta por cuarenta centímetros, llamado: título.

“Saca tu título de abogado y si quieres después fundas esa empresa de diseño que pretendes.” Dirá un padre preocupado por dotar de un “paracaídas” a su emprendedor hijo. “Aprovecha los sacrificios que estoy haciendo para que puedas estudiar algo de provecho.” Conminará una madre a su hija, más empeñada en estudiar teatro clásico que en obtener su título de licenciada en Administración de Empresas.

Estas dos exigencias paternas son virtudes tradicionales en un mexicano que se precie, sin embargo, han frustrado muchas carreras exitosas de empresarios y buenos dramaturgos; aunque por otro lado, han llenado las paredes de las estancias con bonitos y apergaminados diplomas.

Esta misma circunstancia es la que tiene las calles llenas de médicos poco brillantes, pero que manejan estupendamente bien un taxi; de abogados que dan clases de biología, de profesores que venden seguros de vida y de nutriólogas gordas que son madres de niños obesos. Este fenómeno se debe a que, en un punto de la historia que se pierde en la noche de los tiempos, a alguno se le ocurrió que “para ser alguien en la vida” había que tener un título. Cuestión, por demás, carente de peso histórico. Sin embargo, aun cuando un título no garantiza obtener un empleo, sí ha logrado, ante los ojos de una sociedad superflua, elevar el estatus social de quien lo posee y, también, ha contribuido para que el nombre más común en nuestro país sea: Licenciado. (Licenciado Pérez, Licenciado Gómez, Licenciado a secas, etcétera; el hipocorístico de éste sería: Lic.)

A lo que quiero llegar no es a lo que muchos adolescentes descarriados quisieran: que se debe dejar de ir a la escuela, sino a que hace falta, en el sistema educativo nacional, una adecuada selección vocacional —aunada a la urgencia de que los estudiantes dejen de hacerse bueyes para que salgan bien preparados—.

Eso, y un cambio en los parámetros de contratación, en empresas y dependencias oficiales, conseguirían mejores empleados y servidores públicos más eficientes. Es decir, los exámenes de conocimientos y aptitudes deberían de prevalecer sobre criterios tan poco confiables como un rosario de títulos y diplomas —que son inútiles si no están respaldados por conocimientos— y el mentado perfil académico, que sirve para maldita cosa si no se conjuga con una verdadera vocación.

Toda esta reflexión brotó de haber leído que de Jorge Luis Borges, quien además de extraordinario escritor fue profesor de Literatura Inglesa en la Universidad de Buenos Aires y director de la Biblioteca Nacional de Argentina,  ninguno de sus biógrafos cita que haya tenido un título universitario.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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