La incomodidad.

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Llegó al evento con anticipación para evitar algún inconveniente, pero aun así no podía evitar sentirse incómodo. Le molestaban los zapatos que tuvo que ponerse para la ocasión. Tampoco se sentía bien enfundado en ese traje que le prestaron, para cumplir con la formalidad que se le había solicitado desde la invitación.

En fin, ahí estaba, se plantó en la esquina de la calle, afuera de un restaurante con vidrios polarizados, viendo y reviendo su imagen. Por más que se esforzaba en reconocerse de manera natural, común, no lo lograba, en definitiva no era él.

Pasaba el tiempo y veía como los otros invitados entraban al evento, como se saludaban, con sus atuendos fastuosos, con sus peinados perfectos. Situado en donde estaba, podía oír sus conversaciones, sus carcajadas, su familiaridad, a la que él era completamente ajeno. Es decir, sí los conocía, quizá hasta el mismo punto que los demás, pero le resultaba completamente imposible dar o recibir cualquier halago, cualquier conversación… se apoderaba de él una incomodidad que le invadía, no era la primera ocasión que tomaba el mando de sus decisiones.

Sin moverse aún, viendo su reflejo, se sentía más como un remedo de él, sus dedos instintivamente buscaban el consuelo de sentir su pelo, pero la textura tan firme del gel, lo impedía. La gente seguía entrando, la incomodidad no cesaba… se cansó de estar parado simulando la espera de alguien y cedió a permitirse sentarse en la banqueta, sentía hambre y sed, pero no tenía dinero y no porque fuera pobre, más bien, porque nunca había sentido la necesidad de tener.

Siendo esa la circunstancia, pensó que tenía que romper la barrera y entrar ahí, formar parte de la celebración, convivir, reírse con los demás y ser parte del grupo. Finalmente trabajaban juntos, se veían todos los días, sabía más de ellos que incluso ellos mismos. Se levantó triunfante y cruzó la calle.

Cuando se disponía a entrar al lugar, los de seguridad dudaron en dejarlo pasar. Era común que ese tipo de situaciones surgieran, era una de las razones por las que no le gustaba salir a celebrar, en fin, lo de siempre, por el alboroto llegó su jefe, a él le tocaba sortear los problemas de las entradas a diversos lugares. Una vez dentro, se percató que no tenía asignado un lugar, así que de nuevo, su jefe se las ingenió para pedir un asiento más en su mesa y ordenó que de inmediato le sirvieran algo de comer.

Los inconvenientes lo perseguían… su disgusto creció como ráfaga al percatarse, que el menú, no incluía ningún alimento que él pudiera comer o que incluso le gustara. Por su mente pasaron toda una serie de preguntas: ¿Qué pasa?, ¿Qué les he hecho?,¿Por qué me hacen esto?, ¿no tienen una maldita idea de todo lo que tuve que hacer para venir a su estúpida fiesta?, ¿no imaginan lo que tuve que hacer para entrar en este horrendo traje?, ¿no piensan lo que sufren mis pies por meterlos en esos horribles zapatos?, ¿saben cuántos botes de gel tuve que usar en peinarme? y ustedes… ¡¿No pudieron traerme aunque fuera un maldito plátano?!, ¡¿Qué no me conocen?!, ¡¿no nos vemos todos los días?!.

Encolerizado como estaba, no hizo más que lo que hubiera hecho cualquier otro orangután en su lugar. Una vez cumplido el desfogue, reparó en sus colegas, en sus miradas de desaprobación, de descontento, alguna de comprensión, de sorpresa. En fin… mientras salía a lado de su jefe, pensó en lo incómodo que resultaría para todos verse el lunes por la mañana en el laboratorio… sonrió.

Vi

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