La [mi] doble moral

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No les voy a negar que la más reciente emisión del programa del #TeamXalapo me dejó altamente consternada. Por si no lo oyeron (siempre está el bonito podcast) el tema del día versó sobre todas aquellas poses radicales que adquieren y presumen unos tantos entes sociales, en un afán de destacar y/o predicar las filosofías en las que aparentemente tienen fe. Y no es que los de #TeamXalapo no estén de acuerdo con los veganos, runners, animalistas, hipstser y demás etiquetas, es solo que al igual que a mi, nos resulta molesto tanta presunción nomás por la mera necesidad/necedad de encajar. Y he ahí parte de mis consternaciones: todos sentimos, irremediablemente, esa necesidad.

Sin yo saber mucho de la vida puedo asegurar que para los humanos es importante coexistir en medio de gente afín a sus formas de pensar. Siempre estamos en esa búsqueda, de manera casi inconsciente, de toparnos con gente que comparta nuestros gustos, nuestros disgustos, nuestras pasiones… vaya, hasta nuestras posturas políticas. Podemos tener la suerte de ser parte de una familia en la que varios miembros contemos con puntos en común (aunque los padres nos eduquen no siempre heredamos todo de ellos); podemos tener coincidencias vecinales o escolares. Pero fuera de estos espacios ya dados es misión personal encontrar nuestras propias pasiones para luego, si así lo queremos, buscar con quién compartirlas. Y ahí está el detalle, chatos. Para encontrar nuestras pasiones a veces nos vemos influidos por las modas pasajeras, por lo que le gusta a nuestro amigo, por lo que dicen en el twitter que es TT. Y en esto de la prueba y error de pronto ya nos autoasumimos como parte de todos estos grupos sociales, pero lo hacemos por encimita, a veces solo por la urgencia de reconocimiento como parte de “algo”, y otras veces nomás por joder.

Pues todo esto para decirles que yo he tenido muchos problemas al respecto, porque lo que para mi siempre ha sido cool nunca lo ha sido para los demás. Imagínense, ahora que hasta hay grupos que siguen puntual y cultamente las series televisivas, me quemarían en leña verde si yo intento integrarme a ellos diciendo que amo mucho ver telenovelas. “¡A la hoguera por sus gustos populares y de masas!”, podrían decir algunos. Por cosas como estas es que ahora procuro estar al acecho de modas en las que sí me pueda sentir a mis anchas: me gustan los animalitos, me gusta comer sanamente, me está gustando mucho correr. Quizá no me apasiono tanto, pero ¡listo!, parece que por fin me siento en la onda. Y ando, tal como los cánones no escritos lo dictan, exponiendo en mis redes sociales mis jugos verdes y mi kilometraje recorrido después de una extenuante sesión de trote. Lo único malo es que cuando reflexiono sobre este comportamiento me doy cuenta de la doble moral que practico nomás por convivir.

Foto de mi investigación de campo para este post. Ningún animal ni vegetal fue herido en el proceso. 

Hablé del núcleo familiar como ese primer grupo en el que uno encaja porque bueno, si bien no heredamos todo de nuestros padres, siempre nos impregnan una que otra maña de la cuál no podemos desprendernos tan fácilmente. Y yo, que como vegetales y amo a los animalitos (por eso retuiteo las fotos de perritos perdidos, ¡ja!) debo confesar con más orgullo que pena que tengo una increíble debilidad que me viene por el gen materno: encuentro un placer inenarrable en el hecho de saborearme puercamente una suculenta bolsita de chicharrones con harta salsa y mucho limón. Lo siento, es algo más fuerte que yo. Mi madre, que siempre procuró la sana alimentación para sus hijas, no podía resistirse a la hora de la salida de la escuela y siempre que iba por nosotras se compraba su bolsita de chicharrones de harina, y otra para cada una de las chamacas porque su filosofía fue y sigue siendo “Prefiero comprarte una que compartirte”. ¿Qué les digo?. Fuimos receptoras de su egoísta predilección por la rica y poco saludable chuchería diaria.

Hay gente que ocasionalmente compra una bolsita cuando ve a uno de estos vendedores ambulantes, en carrito o carretilla, andar por las calles ofertando sus productos. Pero no porque les resulte vicio sino por antojo. Este no es mi caso. Cuando estuve en la preparatoria coincidí con que mi madre tomaba otras clases en la misma calle, y afortunadamente para todos había un chicharronero en la esquina. No entraré en detalles, solo les diré que mi progenitora lo hizo su amigo, me presentó con ese buenhombre, y tanta amistad resultaba en que nos regalaba esos jugosos y grandes limones que solía exprimir a medias en nuestras respectivas bolsas. Mis amigos al principio se reían, después me buleaban y luego hasta me acompañaban por unos, eso sí, a sabiendas de que yo no le compartía uno solo a nadie.

¿Ahora me entienden? Si hago esto del conocimiento público (¡ups!) entonces puedo ser tachada de no serle fiel a mis gustos cuasi veganos (que la neta la neta no es que presuma mucho de serlo); también puedo ser tachada como un mal ser de luz por no ser compartida y sólo buscar mi propio y envidioso bien, y peor aún, puedo ser fuertemente criticada por salir a correr únicamente para quemar esas calorías de grasa malsana que me llevo a la boca cada vez que me deleito con una crujiente y deliciosa botana bañada en líquido rojo picante. Así sólo puedo encajar en mi familia, y oigan, eso en las redes sociales tampoco es muy cool que digamos.

Me vi en la forzosa necesidad de comerme una bolsita en aras de la ciencia.

En fin, he ahí mis horribles consternaciones. Posiblemente esto más que un desahogo sea una llamada de auxilio para formar parte de un grupo que también ame como yo la botanita de las 2 de la tarde (inexplicablemente es la hora del antojo) y podamos juntarnos y presumir nuestros atracones por Instagram, con selfies atascándonos y lamiendo los deditos con el sobrante del juguito en la bolsa y toda la cosa. Pero como es un antojo cargado de envidia, a lo mejor nadie va a querer juntarse conmigo por eso. ¡Ay, qué cosas con la gente de doble moral!

 

Raquel Guerrero Viguri, @pochacas.

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