La mujer de todos

0
114
De una serie de entrevistas llamada
“Como mejor actor de reparto”,
hechas a  xalapeños que no
salen en la de “Sociales”
ni en Xalapeñísima.

Xalapa ha visto pasar por sus calles a todo tipo de personas, con todo tipo de sueños, con todo tipo de vidas. Un servidor ha querido hacer un pequeño homenaje a estos anónimos seres que, sin ser actores principales, han sido actores de reparto excelentes en la gran comedia que es la vida. Lean con atención, por favor.

Sus ojos me ven tan desde el fondo de su interior que pareciera que no me miran. Su edad es indefinible bajo las capas de maquillaje corriente que cubre su cara; con extrañeza y como si no comprendiera lo que le estoy pidiendo me pregunta varias veces; ¿Que quieres qué?

Al fin, después de un rato, con toda la desconfianza acumulada en sus años de profesión accede a darme una entrevista. Echamos a andar por una de las escalinatas del puente de Xalitic, nos acomodamos en uno de los escalones y me pide un cigarrillo, lo prende, entrecierra sus parpados abotagados y como si buscara algo entre el humo comienza a hablar. Se llama Juana, así nada más, sin apellidos, en su oficio no se necesitan y  ella se acostumbró a vivir sin usarlos. Nació el 12 de noviembre de 1952, en una ranchería en la sierra de Misantla. Sus ojos se nublan un poco; me cuenta de su infancia. Vivía con sus papas al pie de una loma verde que olía a hierba, a flores. Su papá tenía algunas vacas, su madre y sus hermanos hacían queso, sembraban maíz; ella cuidaba un rebaño de cabras. Dice que fue una niña feliz.

Una prima, mayor que ella, había venido a trabajar de afanadora a Xalapa. Cuando regresaba al rancho le contaba de la ciudad, de la gente, de la ropa, del cine, del parque, de las tiendas y le pintaba un mundo desconocido y atrayente. Cuando apenas iba a cumplir quince años, con la ilusión de la ciudad metida entre los ojos y con el pretexto de trabajar para ayudar en el sostenimiento de la familia, les pidió permiso a sus padres de venir; los convenció de que estaría bien, de que llegaría con su prima y que ésta le conseguiría trabajo en la misma fonda donde ella laboraba. Al principio todo pareció marchar sobre ruedas, incluso alguien le despertó ilusiones desconocidas.

Un agente viajero, que llegaba cada dos meses a la ciudad, se hospedaba siempre en una casa de huéspedes que estaba cerca de donde ella trabajaba; vendía telas. “Telas muy bonitas…”, me dice sonriendo, como recordando algo que ya no figuraba en su memoria y yo trato de imaginar una adolescente de ojos ilusionados detrás de esa máscara grotesca. Eso fue la carnada, las telas llenas de colores, con olor a nuevo, con sabor a regalo. El vendedor le obsequiaba retazos de telas, tejidos coloridos que llevaban siempre la factura de unos besos robados. Una tarde, en el cajón de un camión destartalado, y con el pretexto de enseñarle una seda de China que le iba a regalar, la forzó a tener relaciones sexuales y le prometió que a su regreso iría a pedir su mano. Tres meses esperó ilusionada hasta que los mareos y las nauseas la obligaron a poner los pies sobre la tierra. Regresó entonces a su casa sólo para que el papá le cosiera el cuero a cintarazos y su mamá la corriera. Volvió a Xalapa y lo buscó, le mandó recados con otros vendedores amigos suyos pero no sirvió de nada. Nunca regresó.

Sobrevivió bajo el amparo de la prima mientras el niño nació, pero luego ella se juntó con un estibador del mercado y a éste no le pareció buena idea cargar con ella y con su hijo. Buscó trabajo; de sirvienta y lava platos medio comía, medio vestía y medio cuidaba a su niño. Como el bebé estaba desnutrido se enfermaba fácilmente. Un día, que el niño ardía en fiebre, desesperada salió a buscar unas hierbas para prepararle un té. Llegó a la Plazuela del carbón, allí había algunos puestos de tizanas y remedios y compró lo que necesitaba. Dicen que el destino juega sucio casi siempre; como había dejado al niño encargado con una vecina regresaba apurada cuando tropezó con una mujer gorda, vieja, pintada como de carnaval y que olía a naftalina y a perfume barato. Entre las disculpas de ella y los reclamos de la otra se conocieron, se contaron sus vidas, se identificaron y la vieja matrona acabó por acogerla bajo su sombra protectora. Así que, sin  saber bien cómo, terminó parada en una esquina todos los días de las cuatro de la tarde a las doce de la noche. Su primer “cliente” olía a sudor, a faenas de albañil, a deseo sin amor. Lloró hasta que se quedó dormida. “Trabajo es empezar” me dice con una mueca que quiere parecer una sonrisa. No siempre trabajó en la calle, cuando más joven se buscaba la vida en las cantinas y en los bares de las colonias. Aprendió a desconectar su cuerpo de su cabeza y con el dinero que ganó compró un terrenito en una colonia que, entonces, era puro monte. Construyó una casita y les dio estudios básicos a sus tres hijos; los dos más chicos llegaron sin avisar, en uno de los tantos bemoles que tiene su “oficio”, en uno de los tantos descuidos imperdonables que tuvo en su vida. Alguna vez trató de dejar de hacer lo que hacía, pero cada vez que lo intentó la indiferencia de la gente, el desprecio de su familia —hasta el de sus hijos— y su propia vergüenza la regresaron a la calle. Se resignó al fin a vivir sin vivir, a dar amor y consuelo por unos cuantos pesos, a servir de escalón para que otros, sus hijos, tuvieran una vida mejor. “Al menos no son borrachos ni drogadictos”, me dice orgullosa. Ahora, a sus casi 60 años, con el cuerpo lleno de achaques, con la resignación propia de los mártires, acostumbrada a la calle y sin más consuelo que el que pueda darle la muerte, se ha vuelto cínica, resentida y muy desconfiada. Ya no cree en otra vida, no se fía en las buenas nuevas de Dios, ni de la gente que muchas veces ha venido a ofrecerle una vida diferente, no sin antes acusarla de ser una lacra social. Ahora solo ruega al cielo que no le contagien el SIDA, pues de gonorreas, sífilis y hasta del espanto, ya está más que curada.

Me ahorró las preguntas tontas; el amor nunca fue para ella. Nunca se pudo enamorar de quien le pagaba por sus besos y debe ser difícil hacerlo de quien cobra por darlos. Se acepta como mujer pública y está consciente de que, en teoría, no ha sido la esposa de nadie, pero en la práctica ha sido la mujer de todos.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

Comentarios

comentarios