La navidad

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La Navidad en Xalapa

Por Alejandro Hernández


Mi ciudad está, prematuramente, vestida de navidad de píes a cabeza. Los engranes de los medidores de la CFE ya giran enloquecidos en las casas, gracias a la gran cantidad de series de foquitos que adornan ventanas y arbolitos, y los comerciantes se frotan las manos esperando que esta temporada logre elevar sus alicaídas ventas. El ambiente festivo por el año que termina, la excesiva comercialización de las tradiciones y el poco criterio de la mayoría de la gente, ha logrado desvirtuar la Navidad de tal manera que un gran número de personas no saben qué es ni por qué se celebra. Y esto aplica para religiosos —o que dicen serlo— y para legos.

La Navidad o Natividad, es la conmemoración del supuesto nacimiento de Jesús el cristo, el cual, según la tradición cristiana, tuvo lugar el 24 de diciembre del año 0 de nuestra era. Aclaro que cuando pongo “supuesto nacimiento” no estoy negando que Jesús haya nacido o existido (tampoco lo afirmo), sino que me refiero a la fecha en particular, lo cual, a final de cuentas, es lo que menos importa.

Los líderes religiosos que surgieron después de la muerte de Jesús fueron perseguidos por el Imperio Romano, por lo cual no guardaron registros escritos fehacientes y puntuales del evento que nos ocupa. Fue hasta después de que el emperador romano Constantino declaró el cristianismo como religión oficial del imperio, que se trató de reconstruir la historia de Jesús. Y si reconstruir un suceso histórico, ocurrido hace unos veinte años por decir algo, hoy en día es difícil, imagínense hacerlo unos 150 años después, en una época en la que muy pocos sabían leer y escribir y en la que transmitir tales acontecimientos era motivo de persecución y muerte.

La historia de Jesús es una tradición rehecha en su contexto histórico, basada más en documentos anteriores a su nacimiento que después de él. Es decir, la esencia de su naturaleza obedece más a los libros proféticos que anunciaron su nacimiento, que a documentos con más valor histórico escritos después de él. El antiguo testamento, basado en el Pentateuco hebreo —los cinco primeros libros contenidos en cualquier biblia moderna—, aderezado con los libros de muchos antiguos profetas semitas hablaba, siglos antes de nuestra era, de un cristo o mesías, el cual vendría a salvar al pueblo de Israel. Este ungido hijo de Dios habría de humanizarse y sufrir por todos los pecados de la humanidad. Los detalles de su nacimiento son coincidentes con los contenidos en los evangelios, los autorizados por ciertos grupos de facto que han secuestrado al cristianismo desde hace mucho tiempo y que dicen que: sería hijo de una virgen, nacería en un pesebre, sería adorado por reyes y pastores, moriría crucificado por los romanos en el monte Calvario y, al cabo de tres días, resucitaría de entre los muertos.

Histórica y puntualmente sería imposible reconstruir con exactitud estos hechos. Las copias más antiguas del Nuevo Testamento completo son los códices Sinaiticus y Alexandrinus de los siglos IV y V respectivamente, vale decir cercanos al año 397 en que tuvo lugar el Tercer Concilio de Cartago. Los códices son copias en hojas de pergamino o cueros de animales encuadernadas como libros. De antes de estos códices del Nuevo Testamento completo quedan pedazos de rollos de papiro que se preservaron en las arenas secas de Egipto, con uno u otro de los veintisiete textos del Nuevo Testamento, completos o fragmentarios, siendo los más antiguos de cerca al año 200. A esto agregue los errores producidos durante las subsecuentes interpretaciones y/o traducciones del arameo y el hebreo antiguo al griego y luego al latín; y después de éste a todos los demás idiomas y tendremos la maldición de la torre de Babel corporeizada en un libro: la Biblia.

Sin conceder, pero para evitarnos problemas dogmáticos, aceptemos que todo es cierto; que celebramos la navidad porque Jesús nació en esa época y trajo una nueva esperanza a la humanidad y entonces tendremos un problema más grande aún que el de creer o no creer: la desvirtuación de un hecho dogmático a favor de la comercialización de éste con tal de sacar provecho económico.

En nuestros días la navidad no es un tiempo de reconciliación y esperanza, es un tiempo de gastar por gastar y de celebrar por celebrar sin saber por qué se hace. La hermandad, la lección de humildad, el desprendimiento sin egoísmos, el dar, incluso la vida, por otros y el acto, magnífico per se, de perdonar, pasan a segundo término porque lo que importa es el oropel que brilla con falsedad y no el resplandor de un sentimiento noble y bueno como es el amor en todas sus manifestaciones. Un poquito de reflexión y cordura nos vendría bien, mejor si es antes de que el aguinaldo se nos escape en aras de comprar, con dinero, lo que no se puede comprar ni con todo el oro del mundo: la paz del espíritu.

 Alejandro Hernández y Hernández

 Comentarios o sugerencias: motardxal@gmail.com


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