La primavera

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La primavera en Xalapa - xalapo.com

Esta ciudad, hace muchos años, fue el reino de la primavera. Las orquídeas, los jazmines y las azaleas brotaban en los jardines interiores de las grandes casonas, se desbordaban de los balcones y reventaban en las jardineras de los parques. Y por tantos colores, tantos pétalos y por tanto perfume brotando de ellas, Xalapa fue conocida como la ciudad de las flores. Hoy ya no podría, ni por antonomasia ni por vanidades pasadas, ser llamada así.

Sin embargo, la primavera, empujada por la naturaleza —y los movimientos astronómicos que rigen a la tierra y los planetas— no puede ser contenida ni aplazada. En los espacios que la urbanización le va dejando estalla en colores y en verdes de todos los verdes —que no son tonos porque no habría paleta alguna que igualara las delicadas combinaciones de la clorofila— y hasta en los rincones que el polvo grisáceo cubre brotan hierbas, sino salvajes sí tenaces ante el progreso, que todo lo reviste de cemento.

Y las personas —que no reverdecen, pero sí se sienten renovadas— agradecen el sol y caminan con más ánimo por la calle. Y las faldas de las jóvenes se tornan de vuelos y holanes que retan a la púdica reticencia de sus mayores y, orgullosas, se mueven en oleajes suaves al vaivén de las caderas de sus dueñas. Y los señores las voltean a ver, no todos presos de maduras ansiedades, sino de un secreto rescoldo de los recuerdos de cuando eran menos viejos y sus miradas se perdían —igual que ahora— siguiendo unas pantorrillas apretadas o una cintura breve envuelta en telas floridas que, vanamente, tratan de imitar la gracia de la naturaleza.

Y los días, después del que marca el inicio de la primavera —que es el único que puede presumir de estar intachablemente repartido en horas iguales de luz y oscuridad—, se empiezan a volver más largos, como sacudiéndose la modorra del invierno, como invitando a salir más temprano, como urgiendo a todos los seres vivos para que presencien el grandioso espectáculo que da el sol, cuando sale por el horizonte en cada amanecer.

Y los viejos agradecen que la tierra se caliente porque esto calienta también sus huesos y los motiva a salir a la calle; y hasta les da ánimos para encaminar a sus nietos a la escuela o a ir por ellos cuando salen y, desusadamente condescendientes,  comprarles helados con el único afán de saborearlos también, abandonándose a sensaciones casi olvidadas, o prohibidas por diabetes inoportunas.

La primavera es la renovación de los ciclos eternos, es el reinicio de la vida, es el aviso de algún dios, o de todos los que existen juntos, de que todo puede empezar de nuevo. Que todo se puede rehacer y recrearse una y otra vez.

La primavera es la prueba más fehaciente de que vivimos en un mundo vivo y de que, hasta lo que ya parece muerto, puede renacer en colores y en luz.

Alejandro Hernández Hdez.

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