La primera cita

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La magia del primer amor consiste

en nuestra ignorancia de que pueda tener fin.

Benjamín Disraeli


[dropcap size=dropcap-big]E[/dropcap]l amor es el caos. El amor es inexplicable. Así lo aprendí cuando mis imberbes ansias de adolescente me llevaron al conocimiento esencial que me reveló la existencia de las mujeres. No que no las hubiera visto antes de tener cierta edad, sino que llega el momento en que, tanto para hombres como para mujeres, el sexo opuesto se hace presente. Nunca se sabe cuándo una mocosa trenzuda se vuelve una agridulce obsesión y jamás, las chicas, se dan cuenta cuándo el chamaco insoportable, que se la pasaba jalándoles el cabello, se convierte en alguien en quien no se puede dejar de pensar.

Hay quienes pasan por la etapa de la iniciación y salen ilesos, habemos quienes casi morimos en el intento, pero todos, como los salmones nadando en contra de la corriente, estamos dispuestos a intentar, no a enamorarnos porque eso no se puede evitar, sino a que alguien se enamore de nosotros. Esta circunstancia es la que nos lleva, tarde o temprano, a la ansiada, y temida a la vez, primera cita.

La primera cita es felicidad o desdicha, pero una u otra, siempre llevan su dosis de agonía. Aún recuerdo mis primeras citas; mis manos sudorosas, mis piernas temblorosas, mis ahorros exiguos de estudiante, casi desamparados en el bolsillo trasero de mi pantalón, dispuestos a sacrificarse en un par de boletos de cine o en un par de cafés, mis zapatos bien boleados, mi mejor camisa y mi corazón de puberto listo para ser hecho tasajo o, en algunas ocasiones, para ser arropado por unos ojos límpidos e igual de ansiosos que los míos.

Con el tiempo aprendí a disfrutar esa desazón y la incertidumbre se convirtió en parte del juego, y tanto que ese no saber qué pasaría se me volvió una especie de adicción. Hoy creo, bajo la perspectiva del tiempo, que mis mayores dichas de adolescente las obtuve en el transcurso del tiempo que pasaba entre que invitaba a alguien y salía conmigo.

Cuando una chica me decía que sí saldríamos empezaba a imaginar mundos increíbles, que a veces se derrumbaban estrepitosamente casi inmediatamente después de que la dejaba en la puerta de su casa luego de haber salido. Lo que me quedaba era esa posible felicidad que había incubado cuando me decía que sí, y que me duraba hasta que terminaba la función del cine o hasta que el café en nuestras tazas se enfriaba, y que luego podía recordar, como un viejo joven, cada vez que la nostalgia me invadía. Era como tener un catálogo de antiguos amores imposibles.

Todas esas primeras citas me dejaron alguna enseñanza. Una vez esperé a una chica recargado en un árbol de un parque, mientras ella llegaba me di cuenta que nunca antes había reparado en los colores que las flores tenían; cuando la vi doblar la esquina descubrí que jamás, a pesar de que habíamos cursado juntos dos años de secundaria, me había fijado que cuando caminaba hacía algo que hacen todas las mujeres en la primera cita: movía las caderas.

En alguna otra ocasión caminé de la mano, por primera vez con una mujer que no era mi madre, en un parque que conocía muy bien porque estaba de camino a la escuela y descubrí árboles que, lo juro, no estaban ahí una semana antes, bancas en las que nunca me había sentado y veredas de las que nunca quería salir.

La mayoría de esas primeras citas nunca llegaron a convertirse en segundas, sin embargo, todas fueron, aun las más insubstanciales, parte de un viaje iniciático que me fue volviendo de un modo diferente a como había sido. Hoy, a mis cuarenta y diez años, cuando miro a alguna pareja de muchachos, él con los brazos larguísimos y ella de calcetas aún, caminar en algún parque, recuerdo esa agridulce sensación de vacío que a todos nos invade cuando nos enfrentamos a la expectativa de la primera cita y pienso: ¡Qué bueno que entonces no sabía lo que sé ahora!

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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