La verdad de la mentira

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Mentiras piadosas


Todos en este mundo decimos mentiras, a todos nos las dicen, y, al parecer, ninguna de las dos cosas consigue evitar que nuestras vidas sigan sus cursos tan campantes.

¿Quiere decir, acaso, que somos todos unos descarados? No precisamente; y no lo somos porque en gran medida la mentira es una circunstancia social que, de algún modo, nos permite vivir en armonía. Las madres mienten a sus hijos para que se coman las verduras —ningún chayote hervido, se ha comprobado, hace crecer a nadie grande y fuerte—; los niños, en las escuelas, se mienten entre ellos buscando aceptación; los hombres se mienten unos a otros —en el trabajo, cuando hacen negocios, cuando hacen política, cuando dicen que mandan en su casa, etcétera—; las mujeres se mienten entre ellas —de cuánto gana el marido, de su edad, de que no envidian a fulanita, de que el vestido que trae zutanita le queda divino, etcétera—; los gobernantes le mienten al pueblo, y el pueblo le miente a sus gobernantes —que les creen lo que le dicen, de que ya pago sus impuestos, etcétera—; las novias mienten a sus novios —“nunca había hecho esto con nadie”, “tú eres el primero”…—. Los novios mienten adulando a su futura suegra y ellas le mienten a él diciéndole que qué muchacho tan simpático es. Unos y otros vamos por la vida pensando que el que nos oyó no se dio cuenta de la mentirota que le dijimos, y que lo que nos han dicho ha sido una verdad como las que dicen los niños de tres años —los cuales son los únicos que no dicen mentiras—.

¿Pero, por qué mentimos? Dicen los especialistas —me encanta poner esta palabra porque después de ella nadie cuestionará lo que escribiré enseguida— que lo hacemos porque funciona y nos da una ventaja sobre los que son menos hábiles haciéndolo; incluso cuando nos engañamos a nosotros mismos lo hacemos a modo de ensayo para poder mentir y manipular mejor a los demás. “Es algo que va unido a la autoestima”, comenta Robert Feldman, psicólogo de la Universidad de Massachusetts. “Descubrimos que en cuanto la gente siente que su autoestima está amenazada, comienzan a mentir a un nivel mayor… No estamos intentando impresionar a otras personas sino mantener una visión de nosotros mismos que sea consistente con la forma en que nos gustaría ser”. Así entonces, al parecer, mentimos porque queremos ser simpáticos, suavizar o facilitar la situación social y evitar insultar a los demás a través de nuestro desacuerdo o discordia. Muchos animales engañan o confunden deliberadamente a otros, pero lo hacen para sobrevivir —para cazar o no ser cazados—; los seres humanos lo hacemos para engañarnos tanto a nosotros mismos como a los demás; es decir, nos gusta hacernos como Tío Lolo. La gente está tan ocupada manejando el modo en que los demás la perciben que muy a menudo es incapaz de discernir la realidad de la ficción, o sea: ya no nos damos cuenta cuándo mentimos, o ya se nos ha hecho tan natural que no nos causa ningún remordimiento.

Lo menos grave del asunto lo son las mentiras piadosas que todos hemos dicho alguna vez; lo peor de él es que, de tantas mentiras como es que nos dicen y decimos, ya hasta nos gusta que nos mientan. Una mujer miente cuando se maquilla y no da su verdadera cara a los demás; un hombre cuando se pone un traje que disimula su abdomen de barril, un clasemediero lo hace cuando se endroga por años para pagar un auto de gente pudiente, un político cuando declara “todo va bien, esta situación no es más que una gripita”; un esposo lo hace cuando le dice a su mujer “con ese vestido te ves delgada”, y así, miles de ejemplos.

Decir una mentira es pecado avisado, pero el callar, cuando debemos decir algo importante y verdadero, también es una forma de mentir. Es abstención de la verdad. Habrá quienes consideren este silencio como un acto de discreción, pero hasta la discreción tiene un límite, cuando éste se traspasa se hace más daño que beneficio. El disimulo, otra forma de mentira, lleva a actuar como si uno no supiese nada de nada o acabara de enterarse de algo que conocía sobradamente. Es evasión de la verdad. El chisme también es mentira porque, aun cuando a veces es verdad, ésta no ha sido comprobada por el que lo cuenta. Por piedad se miente; y por amor, por deseo, por dinero, por poder, por no poder, se miente tanto que ya no se sabe qué es verdad y qué no lo es.

Los mexicanos, según una encuestadora —que por los resultados de sus encuestas, estoy seguro, también miente—, dice que en promedio mentimos cuatro veces al día; los que viven en las ciudades mienten más que los que viven en el campo; los hombres no mienten más que las mujeres, pero tienden a mentir para sentirse mejor con ellos mismos, mientras que las mujeres tienen más propensión a mentir para hacer que otras personas se sientan mejor; los extrovertidos tienden a mentir más que los introvertidos; el 38% de los hombres mexicanos le mienten a su pareja, mientras que en el caso de las mujeres ese porcentaje es del 32%; ellos, también, son los que más mienten a sus jefes, hasta en un 27,2%, mientras que ellas lo hacen sólo el 21,7%.

La mentira es, ya se ve, un mal general, o, quizá, una circunstancia social que nos permite vivir en paz, pues si la verdad aflorara siempre la cortesía y la diplomacia no existirían. Así que, queridos lectores —he aquí una mentira social de mi parte, pues si yo no los conozco a todos cómo es que los voy a querer—, asumamos que la mentira es una verdad a medias y cantemos a los que nos mienten, que a su vez ellos nos cantarán a nosotros, ese viejo bolero que dice: “…miénteme una eternidad que me hace tu maldad feliz, y qué más da, la vida es una mentira. Miénteme más que me hace tu maldad feliz, feliz, feliz”…

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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