Las vacaciones de verano

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Mi ciudad vio, en sus auditorios y en los patios de sus escuelas, como miles de chamacos gritaron de emoción porque dieron inicio las vacaciones de verano de este año. Esos miles están hoy, jugando Xbox, o revisando sus teléfonos celulares inteligentes (“Smartphons”) y, entre descansos, rascándose los… dedos de los píes.

Las vacaciones del verano llevan implícito en su nombre todo lo que significan; esto desde luego si se es niño, si no se reprobó el año y si se pertenece (demasiado de todo para ser real), de perdida a la clase media baja. De otro modo la transición del año escolar anterior con el nuevo sólo significará una sentencia aplazada 45 días, o de por vida.

Pero qué diablos; que se preocupen los adultos, ¿quién los manda a crecer? Y es que el verano nos vuelve niños a todos, o al menos a los que todavía conservamos el ánimo para sentir el viento despeinándonos el pelo (en el caso de tenerlo, que no es el mío); sin embargo —al fin adulto, a pesar de no querer— siempre me he preguntado desde que entré a la preparatoria, que es cuando crecí, ¿sigue siendo lo mismo el verano de ahora que el de antes?

No me refiero ni al cambio climático ni al urbanismo que se tragó las huertas de duraznos priscos y nísperos por el rumbo de la estación nueva del ferrocarril —que es lo único nuevo que conozco que nació siendo viejo—, que secó los arroyos transparentes, que hasta peces tenían (ahora ya hay que sorprenderse de hallar fauna silvestre) allá por el Seminario Mayor, sino al modo de ver la vida de los chicos de hoy.

¿Imaginarán que detrás de las montañas, que todavía se ven a lo lejos, existen mundos desconocidos con tierras y nativos indómitos como era que yo, y la pandilla de los chicos de los zapatos terregosos, creíamos? Seguro que no, hoy ellos hablan con el dios Internet y saben que esas montañas tienen siglos que fueron allanadas, y que no representan más reto que el de aprenderse su nombre para el examen de geografía. ¿Y cuando ellos tengan mi edad les parecerán insustituibles sus Xbox  y sus “Smartphons” como a mí me parecen ahora los trompos y las canicas?

Qué mundo tan raro, tan rápido, tan intenso, que todo lo hace parecer añejo de un día para otro, ¿no creen?

Hace treinta años yo caminaba por un hoyo enorme, que era campo de beisbol y potrero de dos vacas pintas y un caballo viejo, para ir a la escuela; después hicieron un mercado y junto un supermercado y los animales que antes, eternos, pastaban ahí deben ser ahora parte de los cimientos de hormigón de esas construcciones.

El verano era mágico, canicular, perenne. Era papalotes al viento, guerras estratégicas de jalar para un lado y para el otro el hilo para dirigir su cola, llena de navajas de rasurar cruzadas como espolones, y cortar (“despachar”) el hilo del enemigo que dirigía el suyo a muchos metros de distancia. Distancia que se medía en canutos de hilo encerado de dos o tres pesos, que cortaba las manos y que detenía el armazón de papel y carrizo y que servía para unir el corazón al cometa, y para librar batallas aéreas que duraban hasta que el sol, que marcaba cabal el tiempo todavía, se ocultaba tras una montaña de azul acero.

El verano azul, todo era azul entonces, impelía a buscar cañas secas y a robar hilos de los costureros de las abuelas (antes había que buscar un puño de lombrices gordas y guardarlas en un frasco con tierra) para salir por la mañana a pescar unos pececillos flacos y vivaces que brillaban al sol cuando, de un jalón oportuno (la técnica no conocía el anzuelo), eran arrebatados, victimas de su gusto por la carne de lombriz de tierra, de las aguas mansas de arroyos que nunca conocieron la espuma del detergente (se secaron antes). Ya fuera del agua los tomábamos de entre la hierba sin lastimarlos y los echábamos en botellones de vidrio verde jade que contuvieron, antes, tónicos o aguardiente. Nosotros, embebidos del catecismo dominical, pensábamos que eran tantos los que sacábamos que seguramente en ese lugar (tan cerca del Seminario no podía ser de otro modo) se había ungido el milagro del pan y los peces de la Biblia.

Las vacaciones de verano, de esos veranos viejos y aromáticos, no terminaban nunca porque no había pantallas de computadoras anunciando la hora, ni programas de televisión apurando los días para transmitirse.

El centro de la ciudad era una aventura urbana a la que sólo se podía acceder los domingos, previa misa en la Catedral y, a veces, matiné también; los algodones de azúcar costaban cincuenta centavos, centavos enormes de níquel brillante que agujereaba las bolsas de los pantalones y que mientras se poseían significaban toda la riqueza del mundo, mucho más que la del rey Salomón, que había que ver (decían las monjas) era riquísimo.

En fin, otros tiempos más amables corrían; más lentos —siempre y cuando no fuera día de Reyes—, medidos claramente por el viaje de un sol que muchas tardes era opacado por una neblina conocida y esperada, que bajaba desde la punta del Macuiltepetl y se iba apoderando de las calles, y empujaba a la gente dentro de sus casas y cerca de una mesa, llena de pan con olor a leña y pocillos de café endulzado con piloncillo y, si la casa era pudiente, hasta de bienoliente canela.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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