Lo que resta del día

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Llegan los viernes, la gente se libera.

Liban en los bares, liban en las casas, liban en las calles. Un niño de unos 11 años carga un ramo de rosas, 10 pesos la pieza. La noche cae. Los vestidos cada vez más cortos y entallados entran en circulación, algunos en Circunvalación. Los tacones altos, el perfume llena el aire junto con el aroma de los tacos de pastor a medianoche. Mariela está lista: se ha aseado, depilado, perfumado, vestido y calzado, y de paso se ha puesto su deseo de conquista cual amazona en algún páramo olvidado. Tiene un objetivo y uno nada más; hoy cena.

La larga fila de taxis parece no tener final. La llovizna arrecia y la gente comienza a desplazarse a resguardo, mientras Colunga disfruta la lluvia, el resto del grupo quiere moverse a casa, la terraza kitsch en la que se gastan poco a poco ha cedido paso a la terraza que parece siempre estar mojada en casa de la abuela. Media hora después y empapados como pichos, todos se encuentran tomando toritos de cacahuate en casa de alguna innombrable.

En el tres veces heroico barrio de San Bruno, el arroyo de aguas negras corre como siempre. El rastro municipal se encuentra en paz, ha terminado su matanza por hoy. No muy lejos de ahí, en la loma de los alternativos con dinero, suena una campana, nadie sabe qué significa, tal vez nunca se sabrá, pero como cada viernes suena impasible, el rito probablemente ha comenzado. Los espirales de incienso se alcanzan a ver en noches despejadas, cuando no se confunden con la neblina que cómoda se asienta en Xalapa.

 

Otros, incautos, incapaces, insufribles, insurgentes, ineptos e inadvertidos nos gastamos poco a poco cebando mate, escuchando a Pugliese y escribiendo en xalapo.

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