Mi salida de la primaria

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Viviendo enfrente de una escuela primaria es casi imposible no darme cuenta de cuándo son las graduaciones. Decenas de chamacos pasan frente a mi ventana por estos días portando orgullosos sus certificados y comiendo elotes con chile que sus madres les compran en la puerta del edificio. Eso me trae evocaciones terribles, no porque no me gusten los elotes con chile, sino porque mi graduación de la primaria me provocó un trauma que aun no puedo superar. Vean ustedes por qué.

Imaginen a una maestra, harta de todos los alumnos que ha tenido durante veintinueve años de servicio, a un tris de jubilarse y proclive a montar un vals con cada generación que le tocaba despedir, y tendrán una imagen de mi maestra de sexto año; ahora imaginen a un niño simpático y regordete que odiaba bailar y me verán a mí, a los doce años. Junten ambos elementos y tendrán el escenario ideal para una tragicomedia perfecta.

La maestra, que para efectos de este escrito llamaremos Miss Chuchis, había perfeccionado con el paso de los años un programa que ella consideraba —con algunas pequeñas adaptaciones según el caso— ideal para una clausura de cursos de primaria, para unos quince años o para despedirla a ella cuando se jubilara. En todos los casos se incluía, como número cumbre, el vals Alejandra.

Su escaleta empezaba con una salutación exaltada a las personalidades asistentes: al inspector escolar —cuyo único trabajo, aseguraba yo en aquellas épocas, consistía en preguntar a alumnos escogidos aleatoriamente la tabla del nueve—; la directora, afecta a eventos grandilocuentes; el presidente de la Asociación de Padres de Familia, un representante del secretario de Educación —cuando yo salí mandó a un conserje de la Secretaría— y dos o tres señores de traje que siempre bostezaban durante la “Danza de los Viejitos” que nunca, tampoco, faltó en el programa.

Luego seguía el homenaje a la bandera y todos: alumnos, padres de familia, invitados especiales y maestros saludábamos con patriotismo, pero sin garbo, cuando pasaba la escolta. Y es que todos poníamos la mano derecha en el pecho, el codo extendido con marcialidad espartana, pero los dedos, mal recargados en el pezón izquierdo, quedaban como si fuéramos a echarle una pizca de sal a un par de huevos estrellados.

Continuaban, como tercer, cuarto, quinto, sexto y séptimo números: “Palabras por el inspector escolar”; “Palabras por la directora del plantel”; “Palabras por el presidente de padres de familia”; “Palabras por el representante del secretario de Educación” y “Palabras por el alumno de mejor promedio de la generación”, que aunque era el más matadito leía de la fregada. Todos los discursos incluían frases sentidísimas como: “…la piedra que es el cimiento de su futuro…”, “…en el azaroso camino de la vida…”, “…los días alegres que no volverán…”, etcétera.

Después seguían todas las danzas folklóricas que había rescatado el Instituto Indigenista (asesorado por Amalia Hernández) en el sexenio de Echeverría (La Danza de los Viejitos incluida). El programa, a pesar de todo, mantenía cierta fluidez que se agradecía; sin embargo, al llegar a la entrega de certificados caía en un bache. Los más cercanos a la puerta aprovechaban para ir a comprar raspados de grosella y mancharse el uniforme “de gala” con ellos.

Cuando el evento se convertía en un murmullo sordo dentro del cual apenas si se oían los apellidos Zavaleta y Zurutuza, el maestro de ceremonias anunciaba — ¡Maldita sea! —, con cursi solemnidad: “Y ahora, respetable público… los alumnos egresados nos deleitarán con su interpretación del vals Alejandra… ¡Animémoslos con un fuerte aplauso!…”

En ese momento las madres de los graduados rompían en llanto, sus maridos las abrazaban, los padrinos bajaban los arreglos florales al piso y se daban cuenta que el agua olorosa que escurría de ellos les había manchado la ropa, los fotógrafos se acercaban más a la explanada estorbando la salida de los bailarines, Miss Chuchis se llevaba las manos al pecho entornando los ojos y el conserje —que era el encargado de poner el disco— se equivocaba y ponía una polca rusa que desorientaba a los ejecutantes. Éstos perdían la cuenta —un, dos, tres, cuatro, vuelta, un dos, tres, cuatro…— con la que Miss Chuchis hacia los ensayos y todo fluía, sin remedio, al desastre. La de atrás le pisaba el vestido a la de adelante, los de la derecha entraban tarde al ron de jambe y la piroutte se convertía en un sobresaut sin sentimiento ni técnica.

En ese entonces aprendí que la teoría de la relatividad es indefectible y que, verdaderamente, existen eventos que alteran el tiempo y el espacio. El vals Alejandra dura, si acaso, cinco minutos; el día que yo lo baile duró cinco siglos.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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