Objetivo cumplido

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Objetivo cumplido


[dropcap size=dropcap-big]C[/dropcap]omo si fuera un acto de magia, podía verse asimismo tirado como estaba cerca de la puerta de la recámara con una incipiente sonrisa. A un lado la botella vacía. Era consciente de que no había más que hacer. ¿Sería esa la forma en engrosar las estadísticas? ¿Se encontraba ante el final de la saga o se trataba de un simple capítulo? No se veía enojado, triste o decepcionado, se veía más bien… estúpido.

Todo empezó, minutos antes de que sonara el despertador, despertó y reparó que era el último viernes de octubre, estaba a nada de terminarse el año.

Pensó en lo que venía… las posadas, los intercambios, el maldito amigo secreto, la navidad, las cenas, los regalos… conforme enumeraba todas las actividades navideñas a las que cada año era irremediablemente sometido, le iba creciendo un sentimiento de molestia. Año con año se sentía arrastrado a compartir espacio con gente que no le agradaba, a la que no quería, a familiares que no le simpatizaban.

Después de repasar esos episodios en su mente, no reunió el valor para salir y enfrentar la vida, decidió quedarse en cama, sólo se incorporó para llamar al trabajo y reportarse enfermo, luego se volvió a acostar.

Esa sensación lo había acompañado desde niño. Le molestaba tener que saludar al tío lejano al que casi nunca veía o a los primos desconocidos, a los añadidos o de plano extraños. Conforme iba creciendo, las expectativas respecto a la manera en que se desenvolvía, aumentaron. Así que, además de que sus padres le exigían el saludo a los invitados, también le exigían chutarse sus historias, reírse de sus malos chistes, abrazarlos y desearles “lo mejor”, lo que fuera que eso significara.

Esas obligaciones se fueron extendiendo a la escuela y después al trabajo. De pronto tenía que comprarle un regalo al pelmazo más grande de la oficina, no sólo eso, tenía que abrazarlo, platicar con él, preguntarle por su familia, por sus vacaciones, por toda una serie de cosas que en realidad no le importaban un carajo; así como tampoco le gustaba recibir los calendarios que llegaban a caudales del repartidor de gas, de la tienda de doña Rosa, del cartero, del carnicero, de quien fuera.

Es posible, que el haber estado horas pensando en las molestias navideñas, haya provocado al destino. Sin más, decidió tomar las riendas y determinó evitar cualquier posibilidad de invitación o celebración que tuviera que ver con la temporada de fin de año. Tendría que pensarlo muy bien, armar una estrategia, planear y diseñar toda una serie de excusas, podría incluso salir de viaje, encerrarse como un ermitaño en el confín del planeta, a la Patagonia si fuera preciso.

Lleno de esa energía que sólo las buenas ideas pueden dar, se levantó de la cama, corrió a bañarse, se puso unos pants, encendió su computadora, revisó su estado de cuenta y llamó a algunas agencias de viaje con calendario en mano. De pronto, ahí estaba, el viaje de sus sueños, un lugar alejado y barato. Lo compró.

Llamó a sus padres y tratando de suprimir esa alegría que irradiaba, les dijo con pena fingida que ese año por primera vez, no podría estar en sus festividades. No tuvo tanta suerte con sus hermanos, que lo conocían, y con los que pudo sincerarse al decirles que por sus meras ganas no los vería en diciembre. Canceló las invitaciones programadas de pre-posadas, posadas y pos-posadas. Le pidió a su mejor amigo, médico de profesión, que se fuera preparando un justificante, fechado por ahí de principios de diciembre, con alguna enfermedad contagiosa, curable, no tan desafortunada, pero que anulara la posibilidad de visitas.

La energía seguía brotando, pensó en celebrar preparando su receta preferida acompañada de ese vino que estaba en la vitrina esperando la ocasión.

Ya instalado en la cocina, receta en mano, encendió la estufa, puso una olla con agua, le agregó aceite de oliva, hierbas finas, espaguetis y mientras esperaba que estuviera en su punto, le dio varios sorbos a la botella. Seguía motivado por el viaje, así que recordó que una maleta se le había roto en sus últimas vacaciones. Se dirigió a su recamara y sacó las tres maletas que tenía para revisarlas, huelga decir que con tanto ímpetu aprovecho para de una vez limpiarlas. Ya instalado en el plan viajero, aprovecho para sacar toda su ropa, eligió 2 chamarras y algunas sudaderas. No pudo evitar probarse dos trajes que tenía años de no usar, se siguió con sus cajones, recordó momentos con esos álbumes de fotos viejas, cartas, discos. Todo esto acompañado de tragos y más tragos de vino.

Instalado en el piso, con la botella terminada, tanto trabajo, ideas, recuerdos, música, todo… era motivo para sentirse cansado, pero… ¿era normal sentirse tan cansado? ¿Al grado de que incorporarse resultara imposible? Se arrastró hasta la puerta de la recámara, con esa preocupación que empieza a fecundar la alarma de un peligro… demasiado tarde, posiblemente el agua se habría consumido horas atrás. Sin fuerzas, era inevitable el desenlace. Se asomó una sonrisa a su cara cuando reparó que al fin de cuentas lo había logrado, no estaría en casa de sus padres ni esa ni ninguna otra navidad, sólo quedaba sonreír y sentirse estúpidamente triunfador.

Vi.


[alert type=alert-white ]Imágen: Josef Sudek[/alert]

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