Otra ciudad

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Xalapa, Otra Ciudad - xalapo.com

Cómo vivir en Xalapa


Mi ciudad, por las noches, es una ciudad que se deja descubrir porque no hay multitudes, caminando de aquí para allá, que distraigan a un perspicaz observador. Sin esas manadas mansas que la habitan nada evita que uno alce la mirada y descubra balcones nuevos, que siempre han estado ahí pero que, como el Andén 17 y medio de Harry Potter, gracias a un conjuro se hacen visibles. El conjuro del caminante solitario.

Entonces, una vez manifiestos, uno ve puertas que sólo Dios —y los que viven en las casas que resguardan— sabían que existían. Xalapa, Otra Ciudad - xalapo.com

Y mientras, engolosinado por el hallazgo se camina mirando al cielo, se descubre que hay balcones floridos —increíblemente pródigos en medio de la urbanización—; otros, llenos de ropa, inpudorosamente tendida al aire; unos más que albergan triciclos viejos que cargaron niños sonrientes, que hoy son adustos señores y que, gracias a esa adustez, los han abandonado para que se oxiden y no sirvan más para alegrar otra carita infantil.

Las fachadas de esa ciudad que flota encima de la que conocemos son, por fuerza, diferentes. Son más alegres. Como si los que viven en ese mundo se despojaran de la sobriedad nomás y subieran las escaleras que conducen a él.

Y hasta gorriones hay en jaulas de colores, plantas que estallan en flores, imposibles en las banquetas que están abajo; señoras que cantan barriendo las terrazas, criadas que sonríen mientras riegan las macetas y jovencitas que hablan por teléfono —como si lo hicieran desde un pueblo lejano— a sus novios que viven a ras de calle.

Y si uno logra, preso del encantamiento, subir a uno de esos balcones descubrirá que, efectivamente, el mundo de arriba no es igual al de abajo. Desde arriba la gente se muestra como las hormigas de un terrario, como conejillos de Indias de un experimento psicológico desconocido.

Las mujeres regañan sin recato a sus pequeños hijos y los que caminan a su lado no se fijan en ello. Los niños sí, porque son niños y son más inteligentes, pero los adultos no.

Las muchachas caminan sin sentir las miradas de los jóvenes que, ansiosos, sólo esperan una señal para acercarse; los señores, en cambio, miran a las muchachas descaradamente, sin que sus esposas se den cuenta, pensando que nadie —los que están arriba sí— los ve. Y se relamen, patéticos, los canos bigotes ante la carne firme y perfumada que pasa frente a ellos.Xalapa, Otra Ciudad - xalapo.com

Los vendedores salen de detrás de sus mostradores y miran a los transeúntes como vería una zorra a una liebre y, zalameros, les invitan a pasar. Algunos no hacen caso y siguen de frente, otros, en cambio, caen en la trampa y entran. Y no salen hasta pasadas varias horas, cargados de cajas y bolsas y con los ojos brillantes. Después, en sus casas, se darán cuenta de su inconsciencia.

Y nadie sabe cuándo esos dos mundos —el de arriba y el de abajo— se distanciaron; cuándo, los que caminan en las banquetas, dejaron de mirar hacia lo alto y se concentraron en el suelo y en los escaparates. Ni nadie sabe tampoco por qué, cuando la ciudad se llena de caminantes apurados y de autos circulando en sus calles, el mundo de arriba desaparece a los ojos de todos.

Lo que sí es sabido es que cuando las luces de las marquesinas dejan de brillar, cuando el último empleado sale y cierra la puerta de los locales y el ruido de la calle deja oír las voces de las personas, el mundo de arriba se muestra, maravilloso y desconocido.

¿No me cree amable lector? El próximo domingo, después de las seis de la tarde, dese un tiempo para caminar por el centro y mire hacia arriba, se sorprenderá, se lo aseguro.

Alejandro Hernández Hdez.

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