Que medio siglo no es nada…

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Mi ciudad me ha visto vivir en ella casi todos los cincuenta años que tengo. A celebrarse, por cierto, en unos días.

Y esto, que bien pudiera a ustedes estimados lectores parecerles banal —y hacerles preguntarse, por ejemplo: ¿a mí que chingaos me importa cuándo cumple años de este buey?—, me sirve como un pretexto para hacer una reflexión acerca de lo mucho que ha cambiado Xalapa en el medio siglo que me ha tocado vivir en ella.

Cuando tuve uso de razón —aun con lo que cueste creer que ya la estrené— y empecé a guardar recuerdos para el futuro, Xalapa era una ciudad risueña cuyos límites estaban marcados por la avenida Xalapa y la avenida 20 de Noviembre. No había más plazas comerciales que los mercados municipales y si alguien se quería suicidar de un lugar altísimo iba al puente de Xallitic y se aventaba de él.

Había camiones del Servicio Urbano de primera y de segunda, unos con asientos acolchonados y los otros con bancas de madera que de cuando en cuando se llenaban de chopepes y pulgas. Yo vivía a una cuadra de donde se terminaba Xalapa por el lado oeste, mis vecinos tenían vacas pintas y en vacaciones mis contemporáneos y yo íbamos a pescar charales por los rumbos del Seminario Mayor. Uno podía, en ese entonces, hacer excursiones llenas de aventuras al Salto del Gato, que era una cascadita natural del rio Sedeño —hoy apenas un chorrito de aguas nauseabundas— y en cuya poza no pocos perdimos el miedo al agua fría.

Para ir a la primaria yo atravesaba un hoyo monumental que hacía las veces de potrero y de campo de beisbol y que ahora es un centro comercial —Plaza Museo—; a la salida de la escuela, que aun existe y está ubicada enfrente de los Viveros Municipales, que también aun existen, cortábamos manzanitas —un fruto pequeñito de forma y sabor muy parecido a la manzana— de unos árboles que circundaban el vivero y nos las comíamos hasta hartarnos. Recién me he enterado que son tóxicos.

En aquel entonces los niños crecíamos en la calle, nos asoleábamos durante horas y no nos daba cáncer de piel, teníamos perros mestizos que nos seguían a todas partes, que comían lo que nosotros comíamos y a los cuales no bañábamos nunca; elevábamos papalotes con hilo del cero y les poníamos navajas en las colas para derribar los papalotes de otros que, a lo lejos, también hacían lo propio. No había narcomenudistas esperándonos a la salida de las escuelas y aprender a fumar a escondidas, cigarros Faros, era una heroicidad monumental que le ganaba a uno el respeto de toda la palomilla, y dos o tres cinturonazos de nuestra madre cuando le llegaba el olor a tabaco corriente que se quedaba en la ropa.

Mi mayor aventura a los seis años fue tomar un camión desde la Avenida Xalapa —por donde está la estación de bomberos— e ir al Hospital Civil para llevarle de comer a mi madre que cuidaba a un hermano enfermo, más grandiosa aun que cuando me escapé de la escuela con otros chicos y fuimos a montar becerros a la antigua hacienda de San Bruno.

Luego, perdón que me salté algunas anécdotas que después les contaré, Xalapa y yo empezamos a crecer sin control, nos dejaron de parecer buenas las cosas que teníamos y que amábamos y en aras, ella de la modernidad y yo de la pubertad, nos lanzamos a la aventura de dejar de ser lo que éramos.

Y henos aquí a ambos, cincuenta años después, tratando contra todos los pronósticos de guardar un poco el decoro y la dignidad. Ella casi llegando a los quinientos años y yo casi al medio siglo ya no somos los mismos; nos hemos adaptado a unas cosas, nos hemos acostumbrado a tolerar otras y nos indignamos todos los días por ser testigos de situaciones que nunca pensamos que veríamos.

Xalapa, la mía, la que vi de niño, se ha convertido en un monstruo por cuyas arterias circulan miles de autos; ya no es noble como las damas que yo conocí y que vivían en unas casonas en el centro que ya hasta desaparecieron, ya casi ni se acuerda de cuando era risueña y ya no amanece ensabanada de neblina y humedad. Sin embargo, como en los matrimonios viejos, todavía nos queremos y todavía, a pesar de sus años y de los míos, creo que tenemos un futuro juntos. Como en las telenovelas cursilonas creo que nos merecemos la felicidad, ella a pesar de los alcaldes que le han tocado y yo a pesar de la mala y disipada existencia que me he dado.

Viva la vida, sí señor, que cincuenta años, o quinientos, no es nada.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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[alert type=alert-white ]Cine Xalapa, ubicado en la Av. Ávila Camacho en los años 60; El Cine Xalapa fue inaugurado en 1957   Fuente: Tarjetas Postales MexFoto [/alert]

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