Sálvense ustedes, yo así estoy bien

0
93
Veganos - xalapo.com

Cómo vivir en Xalapa

Sálvense ustedes, yo así estoy bien

Por Alejandro Hernández


Mi ciudad, últimamente a mí me lo parece, está llena de veganos, de “runners”, de yoguis y degente metida en el multinivel de Herbalife.Todos ellos, cada uno en lo suyo, tienen una cosa en común: son evangelizadores de sus estilos de vida y quieren, cuando por azares del destino alguno se ha topado conmigo, cambiar la mía

Desde tiempos inmemoriales han existido personas que, una vez que descubren algo que “cambia” su existencia, pretenden que todos los que están a su alrededor se conviertan a su nueva fe. Pasó con los humanos antiguos, que vivían en cuevas muy quitados de la pena, pero una vez que uno de ellos ideó hacer una casa convirtió a todos al bricolaje. Y se acabó la paz, porque las chozas requerían de cierto mantenimiento: cambiar las palmas del techo, los troncos de las paredes, etcétera. Y si eso transformó el futuro de la humanidad, cuando vino el rollo de las religiones se inventaron, además, las guerras, las invasiones y el sometimiento de unos pueblos por otros; y aunque no me gusta meterme en temas religiosos tengo que hacerlo, aunque sea por encimita, porque el tema de hoy tiene aristas semejantes, pues los estilos de vida tienen mucho de fe, mucho más que de sentido común, como las religiones.

Analicemos, como ejemplo, a un iniciado en la ingesta de productos tipo Herbalife (la marca es mera referencia, lo aclaro porque no me consta que esos productos no sirvan, aunque tampoco que sí sirvan). Normalmente es un gordo que desordenadamente come todo tipo de mala comida y que se ha visto en los límites, sino de la muerte sí de los niveles más altos del colesterol y los triglicéridos, al que alguien, casi siempre un converso exultante dueño de un “Club de Nutrición”, le ha convencido de que cambie su estilo de vida por uno más sano. Sanidad que consiste en desayunar y cenar un licuado verde, hecho de agua y un polvo que parece cenizas de crematorio, el cual, según el gurú “herbalaifiano”, le confiere al recién iniciado en el mundo de la vida “saludable” todas las vitaminas, minerales y desintoxicantes que necesita, pero sin las calorías.

El iniciado, previa inscripción al grupo del gurú y compra de treintaisiete botes de diferentes productos, baja inmediatamente de peso, pues dejar de comer adelgaza a cualquiera, aunque él lo atribuye a las propiedades increíbles de los licuados. Escurrido, y desnalgado por la pérdida de masa muscular, empieza entonces a “evangelizar” a otros, normalmente a su mujer y a sus familiares cercanos, los cuales, una vez convertidos al “Herbalaifismo” empiezan a ir por la vida, desnalgados y escurridos, pregonando las buenas nuevas y, si se puede, hasta poniendo un club de cortinas verdes y amarillas (que me recuerdan a las cantinas de la colonia Veracruz), detrás de las cuales se gestan los milagros más increíbles de la pérdida de peso y las colitis galopantes.

Y si los “herbalaifianos” se decantan por consumir productos, sabrá Dios conteniendo qué cosas, los veganos se pronuncian por no consumir nada que tenga un indicio de carne de animales, o que en su proceso haya tenido que ver con ellos, cosa que no lograrán nunca porque la Revolución Industrial, que inició en la segunda mitad del siglo XVIII, ha convertido a todo lo que está encima de este mundo en una fuente de materia prima, estemos hechos de tejido animal, vegetal o mineral.

Aun así los veganos son evangelizadores irredentos de su estilo de vida, incluso intolerantes y sectarios, la Yihad de los comedores de hierbas, que amenazan a los carnívoros, como yo, con las peores diagnósticos médicos, y apocalípticos, si no dejamos de comer carne, o de bañarnos con shampoos con colágeno, o de tomar leche, o de comer quesos, o de beber vino, que aunque en su proceso no se interviene con animales, en alguna parte, quizá cuando un burrito cargó las uvas pa’ llevarlas a pisar, habrán de encontrarle el “pero”.

Y no olvidemos a los que hacen yoga, o a los que corren cinco kilómetros diarios, que también, a fuerza de explicarme que me voy a morir de un infarto, han querido que me tuerza como epiléptico en una esterilla puesta en el piso o que, cual gacela en la sabana, corra como si me persiguiera un león.

Aprecio mucho, queridos runners, “herbalaifianos”, yoguis y veganos, sus ganas de querer salvar mi vida, pero hasta ahora, que se sepa, la muerte alcanza a todos aunque corran, sean flexibles como contorsionistas, o tengan atrofiado el píloro de tanto polvo con agua, como es que toman en sus clubs de nutrición. Sálvense ustedes, yo así estoy bien; y si no bien, cuando menos contento. O al menos creo estarlo de tan intoxicado que estoy por comer filetes, jugosos por dentro y doraditos por fuera, con sus respectivas papitas a un lado, eso sí, orgánicas. Porque, ¿les he dicho que hay que comer sólo cosas orgánicas porque si no se puede uno morir lleno de tumores?

 Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com


Comentarios

comentarios