Ser taurómaco apesta

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Taurómaco - xalapo.com

Cómo vivir en Xalapa


Mi ciudad se encuentra tan cercana a Teocelo, Xico y otros lugares en donde las festividades taurinas son populares, festividades próximas a suceder, por cierto, que es difícil que no haya xalapeños taurómacos catalogados, a saber, en dos grandes ramas: sapientes y villamelones. Tanto unos como otros caben, empero, en una misma clasificación: sádicos enfermos.

Xiqueñada - xalapo.comLa fiesta taurina es tan vieja como la humanidad “civilizada”, pues según cuenta Plinio el Viejo en su Historia Natural, Julio César introdujo en los juegos circenses (en el Coliseo) la lucha entre el toro y el matador armado con espada y escudo; además de la “corrida” de un toro a quien el caballero, desmontando, derribaba sujetándolo por los cuernos. El sacrificio de toros también se incluía entre los ritos y costumbres que los romanos introdujeron en Hispania. De esto y de otras vertientes, la “fiesta” se ha nutrido hasta llegar a la moderna representación que hoy en día podemos presenciar en cualquier plaza de toros.

Antes y ahora, el toro ha simbolizado algo para el aficionado: valor, morbo sangriento, danza ritual o una conexión psicológica por la simbología protocolar, libidinosa e imaginaria entre toro y torero; o entre lo masculino y lo femenino; con ramificaciones en el folklore y las fiestas populares, así como también la relación libidinal entre el público y él mismo, u otros elementos menos visibles que manifiestan todo un espectro de deseos, traumas y pasiones. A esto también se le ha llamado arte. Se le ha dotado de un misticismo que lo representa como un destino ineludible, que empuja al torero a morir o matar, a ser aclamado o despreciado por su valor o la falta de él. Y se le han asignado toda clase de folclorismos que terminan por dotar a la “fiesta brava” de una categoría ambigua que lo mismo es deporte, que arte o tradición.

Ahora, el acontecimiento en sí, visto desde el otro lado de la barrera (de los taurinofóbicos, por llamarles de algún modo) sería:

Las corridas de toros son un espectáculo bochornoso en tres actos, de unos veinte minutos de duración, que escenifica la falsa superioridad y la fascinación enfermiza con la sangre y la carne, de la que se alimentan contra toda lógica ética y dietética, quienes creen tener un derecho divino a disponer a su antojo de la vida de otros seres sensibles; llegando incluso a justificar y trivializar la muerte del toro como arte y diversión; un comportamiento patológico que nace de una incapacidad para afrontar el dolor de las víctimas y una morbosidad irrefrenable ante la posibilidad de ser testigo directo de alguna cornada, o de la muerte del matador; un riesgo fortuito, infrecuente (un torero por cada 40.000 toros sacrificados), y sobre todo evitable que, sin embargo, incrementa el carácter macabro de la corrida.”(Tomado de una página de Internet Antitaurina).

Xiqueñada - xalapo.comY estos argumentos, respaldados en cuestiones médicas (veterinarias) podrían reforzarse así: Un toro de lidia pudo haber sido sometido, según estudios concienzudos, a toda clase de mortificaciones fraudulentas, incluyendo, además del afeitado (cortar las puntas de los cuernos para hacer menos peligrosa la faena al torero), el suministro de fármacos y purgantes, que actúan como hipnotizantes y tranquilizantes, pudiendo producir falta de coordinación del aparato locomotor y defectos de la visión antes de comenzar la farsa taurina y ser descuartizado por los picadores, que le clavan el hierro de la puya en el morrillo, abriendo, a modo de palanca, un tremendo agujero con la cruceta, cortando y destrozando los tendones, ligamentos y músculos de la nuca para obligarle a bajar la cabeza y poderle matar más fácilmente. Continuando con el suplicio de las banderillas; tres pares de arpones de acero cortante y punzante (llamadas también “alegradores”), que le rompen la cerviz, quitándole fuerza y vitalidad, antes de ser estoqueado por los sicarios de la espada y el puñal; una labor premiada con las orejas, rabos y patas arrancadas de sus víctimas, incluso antes de su muerte, como trofeos que testifican el grado de deshumanización de sus cobardes verdugos y quienes les alientan con el griterío inconsciente o un silencio cómplice. Sin el ánimo de echar más sal a la herida (del toro), quisiera dejar lo anterior a su consideración. Y que usted, si es aficionado, deje de serlo; o si no lo era y desde este momento se interesa en la “fiesta”; asuma el grado de humanidad y compasión que le corresponda.

Digamos No a la “fiesta brava”.

 

  Alejandro Hernández y Hernández

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