Simulación

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Simulación

Cómo vivir en Xalapa


Mi ciudad, centro político de Veracruz, es testigo desde hace muchos años de un divorcio, el de la clase política con la ciudadanía. Divorcio que no sólo se da en el ámbito local, sino que pareciera ser un asunto que abarca al país entero y al mundo mismo.

La clase política, maquiavélica y ruin, pareciera manejarse al margen de las necesidades de la ciudadanía, actuando una parodia de lo que debiera ser el arte de bien gobernar y simulando que trabaja en pro de la gente, aunque en realidad trabaja sólo para los mismos que la integran y para los ricos, sus verdaderos patrones.

Desde las gradas nosotros, los ciudadanos, nomás oímos el manido discurso del cambio, del progreso, de la honestidad, de la riqueza que ya pronto, ya merito, va a llegar a nuestros bolsillos, pero que, por las vicisitudes de los mercados, de la economía internacional o sabrá Dios por qué otras cosas, nomás no acaba de llegar. Pero la clase política, la que lleva las riendas del país, no sufre, no pasa hambre ni preocupaciones; es más, se ve boyante, plena, gozando lujos y canonjías insultantes y, en un alarde de cinismo, hasta presumiendo de ellos, como si entre los que los vemos no hubiera gente que no sabe qué comerá mañana, o si tendrá trabajo, o si se morirá porque no puede pagar un doctor o comprar una medicina.

En un escenario triste, terrible, los que asistimos a la función que en él se desarrolla vemos cómo las mujeres de los poderosos, los que mangonean la política, presumen casas blancas de millones de pesos, vestidos que no valen lo que cuestan, pero que de todos modos son pagados con nuestros impuestos, de viajes que la gran mayoría de los mexicanos, jamás, ni siquiera ahorrando toda su vida, podrán hacer. O cómo los líderes sindicales, los diputados y senadores, se despachan con la cuchara grande de la corrupción.

Y en ese vodevil patético percibimos cómo simulan trabajar por nosotros, como hasta se pelean entre ellos, como se retan a muerte o se amenazan con la cárcel, en aras de la justicia social o de nuestro bienestar para, al final, terminar abrazándose, perdonándose y haciendo alianzas para seguir jodiéndonos, pisándonos el pescuezo y, si alguno osa reclamar o señalar lo que está mal, hasta matándonos con tal de seguir gozando del poder, del dinero y de la prosperidad que indebidamente detentan.

El sistema judicial sólo se aplica al pobre, el sistema económico sólo beneficia al rico y el poder político sólo favorece, precisamente, a los políticos. El ciudadano común, si medio aprende a navegar entre el lodo del sistema, gozará de las migajas de la “justicia” social: una casita de dos recámaras, pagadera a treinta o cuarenta años, un automóvil que cuesta más en impuestos que lo que vale, un seguro social que no cura ni un dolor de cabeza y un sistema educativo que se encarga de mantener un pensamiento mediocre para que nadie levante la voz, para que todos los que en él se adoctrinan crean que vivimos en un país de leyes, de justicia, y de oportunidades.

Y a mantener el estatus quo, de los ricos siendo ricos, y de los pobres siendo pobres, contribuyen los verdaderos dueños de la política: los dueños del capital, que son los que tienen televisoras que enajenan a la población con seudodiversión, los que producen el alcohol o las drogas que denigran y sobajan, los que venden al doble de precio lo que la gente necesita y los que financian las campañas de los políticos a cambio de concesiones, tierra y poder.

Y mientras eso ocurre, los que no nos dejamos embaucar con el canto de las sirenas de una falsa democracia y una fallida economía, los que medio levantamos un poco la cabeza, vemos como todo: la justicia, las elecciones, la economía, el progreso, etcétera, forma parte de una muy mal lograda simulación que, sin embargo, alcanza para que nada cambie, para que nada altere el sistema y para que, incluso, haya algunos que todavía aplaudan complacidos.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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