Todas somos “wey”

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Todas somos “wey”

La Miscelánea de Don Dumás


Nuestro idioma es un ente vivo que cambia constantemente; que se alimenta –no siempre bien– de modismos que lo vuelven monótono y chocante, que le regatean su riqueza y, según los ortodoxos de la Real Academia de la Lengua –siempre he tenido esta curiosidad: ¿hay, en contraparte, una irreal, o una plebeya, Academia?– lo empobrecen y lo convierten en una bizarra manera de comunicarse que luego, creo que por no perder los modos, acabarán aceptando y llenando de reglas ortográficas y gramaticales para darle un aire de legitimidad. Nada más durante el tiempo en que aparece otro que ponga a temblar, de indignación, a los reales académicos.

De entre todos estos modismos –que siempre me ha intrigado saber cómo se originan, quién los inventa  y por qué, de pronto, saltan a la fama–, se encuentran algunos que, por su versatilidad, se ocupan para todo y sirven para expresar: todo.

Pongamos por caso la palabra “onda” –que nace a finales de la década de los sesentas del siglo pasado, y que ve todavía reinar su intencionalidad hasta nuestros días–, sus muchos significados, o las otras tantas circunstancias en que se puede usar, se pueden ilustrar en un diálogo como el que sigue y que, lo mismo se puede dar entre burócratas, que entre cajeras del “súper” o estudiantes de secundaria:

− ¿Qué onda?
−Pues nada, aquí, buscando la onda, aquella que te conté.
−Qué mala onda, ¿todavía no la encuentras?
− No, y la onda es que mañana es la onda ésa y yo sin saber qué onda.
−Oye, ¿y si vas a ver a la chava ésa que estaba bien metida en la onda, a ver si ella sabe qué onda?
−No, no se me hace onda; va a decir que sólo porque ando en mi onda la busco.
−Pues a ver qué onda, luego me cuentas… Oye, si se hace la onda ésa, ¿te llamo?
−Pues si quieres… a ver qué onda.

Y aquí fue: onda por saludo, onda por objeto, onda por situación, onda por caso, onda por evento, onda por circunstancia, onda por asunto, onda por solución, onda por reflexión, onda por ocurrencia, onda por expectativa, onda por plan y onda como posibilidad.

En ningún diccionario está explicado así, pero todo mundo sabe qué onda y lo entiende. ¡Qué buena onda! ¿No?

Lamentablemente las nuevas generaciones –menos escrupulosas– para expresar lo mismo están sustituyendo la palabra “onda” por otra, menos frívola pero más escatológica. Sustituya, en el diálogo anterior, la palabra “onda” por “pedo” y comprobará lo que le digo (si su decencia, o su edad, no se lo permiten, use: “pex”).

Y como esas palabras, una infinidad, que dicen mucho sin decir nada y que aparte de empobrecer el idioma lo llenan de intenciones disimuladas, que impelen al intelecto a esforzarse y comprender, con precisión, lo que el que nos dice sus ondas nos quiere comunicar.

Aunque también hay otras, que se hacen populares como muletillas, que todo mundo dice sin ton ni son, repitiéndolas hasta la ignominia y que no significan nada.

Una de ellas es “wey”; escrita así porque no es propiamente buey, pues si así fuera, sólo la usarían los albañiles u obreros, no los niñas bien, los hijos de papi y las “amiguisamiguis”, que son clasemedieras amas de casa jóvenes, de entre veinticinco y treinta y tantos años; u otras, más lagartonas, pero divorciadas y joviales.

Pongamos por caso una plática que oí el otro día entre una pareja de novios muy jóvenes que esperaban el autobús: Él le decía a ella, arrobado de amor –Te quiero un montón, “wey”. Ella le contestaba, igual de extasiada –Yo también “wey”. –No “wey”, pero yo como nunca a nadie, “wey”. – ¿En serio “wey”? Ayyyy queee lindooo, vales mil “wey”. Luego, se abrazaron y besaron como si se prepararan para algo que, afortunadamente, no consumaron porque pasó el camión y ella se subió, diciéndole adiós con una mano y gritándole, a la distancia mientras el camión se alejaba – ¡Te llamo en cuanto llegue, te amo “wey”!

Qué “weys” (no “weyes”, como debiera si fuera válido) tan románticos, ¿no les parece?

Y qué tal cuando le toca a uno sentarse, en el cine, atrás de un montón de preparatorianas: −Dame palomitas “wey”. –“Wey”, si tú ni pusiste nada. –No “wey”, pero qué tal el otro día, “wey”, que tú no traías y yo puse todo, “wey”, ahí sí no dijiste nada “wey”. –Ya “weys” (no “weyas” como también debiera, si fuera válido) –dirá una tercera– parecen nacas; tu “wey” dale palomitas y tu “wey” deja de estar de pedinche y ya “weys” ¡Cállense! –Ves “wey”, ya se enojo la “wey” esa, cállate ya… ¡me chocas “wey”! –Ay sí, ¡me chocas “wey”!; pues tú me chocas más “wey”.

Ante tanta “weyada”, no procurada ni dicha entre bueyes, sino entre preciosas señoritas; sólo puedo concluir con una analogía reflexiva que me remite a los días de la guerrilla del Subcomandante Marcos; cuando los intelectuales (rojillos reciclados), solidarizándose con una bandera que ni entendían, pero que le daba sentido a sus pretensiones rebeldes –frustradas rebeldías adolescentes, fueron esas–, dijeron: Todos somos Marcos.

Ellas, las “weys”, orgullosas de que su generación haya consumado la peleada equidad al fin –pues los “weys” son, por igual, mujeres y hombres–, si acaso vale el orgullo por usos y costumbres tan radicales, podrán decir: Todas somos “wey”.

 

Hernán Dumás

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