Una “cadena” más

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Una cadena más

(Cuento corto por Alejandro Hernández)

Lee esta historia hasta el final y no la tomes como una broma. Soy un mexicano que busca la manera de regresar a su país, te contaré cómo me perdí.

Un día teniendo una virtual conversación intensa con una mujer —que no por nada el Messenger es la herramienta por excelencia de una generación de misántropos con dificultades sociales— me sucedió lo siguiente:

Una tal plumamordaz, desde algún lugar de España —según dijo—, me decía que lo que yo tenía que hacer con mi timidez ante las mujeres —chateando en una sala de corazones solitarios le había dicho que era tímido con ellas— era enfrentarla.

“Ya lo he hecho muchas veces”, le escribí y envíe. “¿Y qué pasó?” Me inquirió ella. “Me quedé trabado” escribí. “¿Trabado?” preguntó, “sí, anonadado, mudo…” —olvidé que era española—. “Ah… ya, qué malo”. Y seguimos chateando hasta que supe que en algún lugar de la seca región de Almería había alguien que me entendía. “Eres muy majo” —me dijo— “no sé por qué las mujeres no te hacen caso”. “Será” —contesté— “porque escribiendo soy bueno pero hablando soy una papa”; “¿papa?, ¿cómo papa?” me preguntó —otra vez había olvidado lo de los localismos— “Sí, papa, maleta, malo para hacer algo…”, “ha, que gracioso modo de decir las cosas” —me replicó—. Y seguimos chateando durante mucho tiempo, lo suficiente para enterarme que ella era profesora de un colegio, que tenía veintitantos años, que medía un metro con sesenta y ocho centímetros, que su papá era un guardia civil, que tenía un hermano flojo para hacer las tareas y que ella le ayudaba cuando podía; para decirle que yo era un columnista que cada vez que podía escribía acerca del alcalde de mi ciudad y de sus estupideces; que vivía solo, que tenía un perro pastor alemán, que leía mucho y que creía en la telequinesis, en la combustión espontánea de las personas y en la teletransportación de la materia como un modo de viajar.

“Hombre, que me asustáis…” —escribió cuando se lo dije—. “Si quieres te lo demuestro…” —le propuse—. Como respuesta su estado cambió como “No conectado”; me decepcioné un poco porque, por primera vez desde mi incursión en el mundo de las charlas virtuales, lo que siempre me pasa con las mujeres reales me ocurría con una que nunca había visto. Para demostrarle que lo que yo decía era cierto me concentré y empecé a decir el mantra de la teletransportación —que aprendí, por cierto, en una página que se llama “Viajes astrales.com”—.

Cuando ya mi cuerpo se comenzaba a volatilizar ella se volvió a conectar, “¿sigues ahí?” —Me escribió—, perdí la concentración y me materialicé. Un poco mareado —el cambio de estado siempre me marea— respondí “sí, pensé que te habías marchado… ¿no me creíste?, te juro que es verdad, ahora verás…”, tardó en contestar y me contrarié. Decidido a demostrarle que no era una locura mía volví a poner mi mente en blanco y pronuncié el mantra nuevamente. Cabe aclarar que para que una teletransportación sea exitosa debe haber un medio eléctrico disponible que pueda ser usado como una vía o camino —tecnicismos que no entiendo bien—, es decir, para yo poder llegar a Almería tenía que usar el Internet, entrar por los cables de mi computadora y subir al satélite, transportarme entre los códigos binarios y salir en el puerto de enlace del servidor de España, recorrer la instalación —física o inalámbrica— del país y encontrar la dirección IP de su computadora —algo difícil de entender pero efectivo—. Así lo hice pero, cuando me empezaba a materializar en su cuarto, ella se asustó tanto que tiró del cable de alimentación de su computadora. El proceso se interrumpió y yo quedé flotando en el espacio virtual del mundo electrónico y el real, algo así como el limbo.

El caso es que no puedo volver por donde vine y sólo puedo salir por el puerto a donde iba, por eso escribí esto desde adentro de una computadora con virus —me colé entre ellos—. Si recibes este correo no lo borres, envíalo a todos tus contactos; quizá alguien, en algún lugar, conozca a plumamordaz y ella, al enterarse de lo que pasó, vuelva a encender su computadora para que yo pueda recuperar mi cuerpo material. Si no haces lo que te pido, en los próximos diez días tu suerte empezará a cambiar para mal. Luis Freitas, en Rio de Janeiro, lo tomo a broma y murió en un accidente; Ramón Cienfuegos, en Cuba, lo eliminó y…

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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