Xalapa ¿Con X o sin ella?

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Xalapa ¿Con X o sin ella?

Por Alejandro Hernández


El lugar en donde vivo se llama Xalapa y se escribe con X porque el 4 de septiembre de 1978, la legislatura local aprobó por decreto que así se escribiera. A alguien le pareció que era más autentico, y más acorde con nuestras raíces.

jalapa - veracruz - xalapo.comEl maestro, Aureliano Hernández Palacios, escribió en un estudio, breve e interesante, que: “Los aspectos etimológicos y fonéticos deben tomarse muy en cuenta, pues, como sostiene el Doctor Manuel B. Trens, es un despropósito escribir Xalapa con equis y pronunciarla con jota. Para ser congruentes debiera pronunciarse Shalapa (con sonido de sh inglesa o Chalapa, (con sonido suave en la Ch, como en francés).” Es decir, el nombre de Xalapa en el idioma nahual, conocido por los primeros españoles en códices, era un dibujo de agua en arena y quería decir: Xalli, arena; atl, agua, pan, enclítico locativo, lugar de, en, sobre, es decir, en el agua arenosa, o en el lugar del agua arenosa, que son aquellas fuentes a que se refiere Sahagún, que manan de una profundidad levantando la arena que parece que ella misma mana. Los nahuas no habían llegado a dotar de sonidos a todas sus representaciones ideográficas, por lo que los españoles, cuando lo quisieron hacer cayeron en “N” número de equivocaciones; de ahí que Xochimilco se pronuncie “tzochimilco” o “shochimilco” y que Xola se pronuncie “shola” y que Xalapa se pronuncie “Jalapa”. ¿Cuándo es de un modo y cuándo es de otro? Sabrá Dios. Esta circunstancia fonética y ortográfica parece obedecer más a los usos y costumbres de determinados lugares, que a alguna regla de la Real Academia de la Lengua.

ferrocarril-mexicano-veracruz-ramal-jalapa - xalapo.comEn el caso del nombre de nuestra ciudad, la feliz ocurrencia del ex gobernador, Rafael Murillo Vidal, parece habernos ahorrado los problemas de cómo escribir Xalapa. Sin embargo, el idioma español está lleno de ellos y el hecho de que sus reglas gramaticales sean de las más complicadas de mundo, así lo demuestra. El sólo tratar de conjugar un verbo en todos sus tiempos: pasado, presente, futuro, pretérito imperfecto, pretérito perfecto, pretérito pluscuamperfecto, futuro imperfecto y futuro perfecto, ya es en sí un galimatías que, como la regla del fuera de lugar en el futbol, se puede entender pero no se puede explicar. Agregue a esto el hecho de que nuestro idioma se deriva del latín y que esta lengua tenía un sinnúmero de palabras con una raíz común, y, luego, que estas raíces dieron origen a palabras que nada tienen que ver entre sí y tendremos más confusión. Ahí está el caso de la palabra “testificar”, la cual tiene su origen en otra palabra un tanto cuanto escatológica: “testículos”. O, el caso de las palabras “cálculo” y “digital”, muy usadas en matemáticas avanzadas pero cuyo origen es más que humilde, y nos remite a las primeras cosas que el hombre ocupó para contar: piedras y dedos.

Aprenderse tantas reglas es ya de entrada trabajoso, sin embargo, hay que considerar que el idioma es un ente vivo y cambiante, que se nutre de otros idiomas —extranjerismos—, de modos de hablar —modismos y localismos—, de términos científicos y tecnológicos —tecnicismos—, de nuevas palabra
s —neologismos— y de un sinfín de “ismos” más, que nos obligan a aprender el idioma todos los días como si este estuviera recién creado.

jalapa - xalapo.comHace no mucho la Real Academia de la Lengua Española dictó nuevas reglas para ciertas palabras las cuales, a mi real —pero no académico— entender, lejos de simplificar las cosas las complicaron más. Es decir, años de memorizar que “sólo” y “solo” se utilizan, con tilde en unas frases y sin ella en otras, son echados a la basura porque ahora ya se podrán escribir sin tilde en ambos casos.

Nunca como hoy parecen tan vivas las palabras pronunciadas por Gabriel García Márquez, en su histórica participación en el Congreso Internacional de la Lengua Española, el 7 de abril de 1997: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”

Sin embargo, creo yo —humildísimo aspirante a escritor—, hacerlo así o caer en la campechana comodidad de dejar de ponerle tilde a “sólo” cuando sea por “solamente”, es empezar a caer en la anarquía. Las estrellas, a pesar de su voluntariosa belleza, obedecen a reglas matemáticas y físicas inviolables; la poesía, a pesar de cabalgar casi sin rienda por los prados de la estética lingüística, debe obedecer a las reglas elementales que no se ven pero que apuntalan la belleza que la construye. A mí que me fusilen si quieren los académicos, yo continuaré bregando contra el mar embravecido de entender cuándo un adverbio se convierte en adjetivo con la magia de una, simple pero contundente, rayita llamada tilde.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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