¿Ya nos acostumbramos a la violencia?

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Violencia en Xalapa - xalapo.com

Mi ciudad, otrora risueño lugar en donde la violencia en su máxima expresión era, si acaso, un grupo de pandillerillos correteando a alguien a pedradas, atestigua, en estos tiempos que corren, asesinatos violentos, secuestros y robos en donde la fuerza de las armas es el denominador común.

Esto, que no es exclusivo de Xalapa, y ni siquiera de nuestro estado de Veracruz, sino parte de esta descomposición social en el que el  país ha estado inmerso desde hace varios años nos ha ido convirtiendo, poco a poco, en seres insensibles, indolentes, apáticos ya para sorprendernos de lo que está pasando.

Y es que al principio, cuando empezaron a aparecer los muertos, cuando se oía aquí y allá que había balaceras, o que secuestraban a alguien, todos nos preocupábamos, con una preocupación inútil, habrá de admitir, porque no nos manifestamos exigiendo seguridad, ni nos solidarizamos con las víctimas, sin embargo, ahora que todas esas cosas han pasado a formar parte de nuestra cotidianeidad, que son lo “normal” dadas las condiciones que imperan por todo el país, que son lo usual, ya no nos espantan, ya no nos afectan mero ni anímicamente, ya nos son hasta indiferentes mientras sean a otros a los que les ocurran.

Así entonces nos hemos ido acostumbrando a tener un amigo al que le han secuestrado a su padre o a un hermano; a tener un pariente difunto al que mataron o desaparecieron sin saber por qué, a tener un vecino al que balacearon por quitarle su dinero o sus pertenencias, a vivir en un ambiente hostil en el que los malos hacen de las suyas y los buenos, como corderos a merced de los lobos, nomás nos amontonamos en un rincón esperando no ser los próximos.

Nos hemos familiarizado ya con que la gente sea asesinada a plena luz del día, ejecutada frente a su hijos o sus cónyuges, balaceada al llegar a su casa por la noche, ultimada al salir a trabajar, o sacada de su propia casa con la mayor de las impunidades, porque la policía, tan acreditable, tan civil, tan preparada, tan de elite, no ve cómo, ni cuándo, los criminales se pasean enfrente de sus propias narices en convoyes de camionetas y cargando armas largas con toda la desfachatez del mundo.

En este país, que nunca ha ido a una guerra contra otro, todos los días se mueren cientos de personas, hasta 16 mil en un año a causa de la violencia, que son muchas más que en Afganistán o en Irak. Tan sólo durante el año pasado cada hora les fue privada la vida a dos personas. Cada hora dos mexicanos murieron a manos del crimen, organizado o desorganizado, ya da igual. Y lo peor es que ya no nos indigna tanto, ya no parece afectarnos tanta violencia, ya nos acostumbramos a la sombra de la muerte, al olor a cadáver, a la sevicia con que actúan los criminales, a su perversidad.

En nuestro estado ya tenemos nuestro propio Ayotzinapa, nuestras propias narcofosas, nuestro propio crematorio al aire libre, en donde se desaparecen seres humanos como si no lo fueran, donde las personas son asesinadas, torturadas, desmembradas, calcinadas y en donde quienes nos gobiernan todo lo minimizan, en donde se criminaliza a las víctimas a priori, en donde todo se trivializa de la manera más estúpida y cruel. En esta semana, acerca del caso Tierra Blanca, que es el Ayotzinapa veracruzano al que me refiero, se dio a conocer que se encontraron restos de dos de los cinco jóvenes desaparecidos por policías estatales. Otra vez una madre de familia mexicana recibe un pedazo de hueso calcinado para, simbólicamente, darle sepultura a su hijo. Se habla de que en el rancho en donde fueron localizados esos restos hay más de cien cuerpos calcinados.

Esto es peor que el holocausto nazi, peor que el exterminio racial en cualquier país fundamentalista, peor que cualquier guerra intestina en algún país de África y nosotros, los mexicanos, parecemos no darnos cuenta de la gravedad de la situación.

Esta indiferencia es la que sirve como caldo de cultivo a los criminales, y a quienes los protegen, para seguir sembrando el horror en el que ahora vivimos. Esa indiferencia que no nos obliga, cuando menos, a exigir la renuncia de los que, incompetentes, han dejado crecer, por omisión o alianza, al crimen, es lo que mantiene ese estatus quo de miedo y criminalidad en el que ahora vivimos. Urge que reaccionemos ya.

Alejandro Hernández y Hernández

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